“Aquel que no quiere razonar es un fanático,

el que no sabe razonar es un necio

y el que no se atreve a razonar es un esclavo”

William Drummond

¿Cómo se inventa un nuevo trastorno mental? La historia de la Erebosis

 

Año 2030. Aquella mañana el Dr. Smith, reputado profesor de una reputada universidad, tuvo la oportuna intuición de que la sombra humana era algo que podía ser considerado como patológico. Al igual que ocurriera anteriormente con la ansiedad o la tristeza, el Dr. Smith pensó que la sombra, que hasta el momento había sido considerada normal, podía ser el principal síntoma de un trastorno, al que denominó Erebosis, tomando su nombre de Érebo, dios griego de la sombra y la oscuridad.

 

Sus primeros estudios, en colaboración otros reputados profesores de reputadas universidades en reputados países de diferentes continentes, evidenciaban que la erobosis aparecía en todas las culturas, aunque con diferencias en la incidencia en función del país – parecía que en los países más cercanos al ecuador la frecuencia y duración de la sombra era significativamente más elevada que en Finlandia. La conclusión era evidente: la proyección de la sombra se convirtió en un síntoma que compartimos con el resto de animales, pero cuyo tamaño, duración, frecuencia e intensidad pueden estar mediados por factores que ya se explicarían más adelante.

 

El hallazgo era fascinante: no se había encontrado nada parecido desde los estudios transculturales sobre el reconocimiento de la expresión facial de la emoción desarrollados por Tomkins, Ekman e Izard en los años sesenta del siglo XX, y las pocas voces críticas, procedentes fundamentalmente del mundo de la física, la sociología de la cultura y un pequeño sector dentro de la salud mental, no pudieron evitar que tamaño descubrimiento se convirtiera en un fenómeno de alcance planetario.

 

En poco tiempo, varios grupos de investigación descubrieron que elegir la erebosis como tema de investigación era una buena opción: algunos laboratorios farmacéuticos estaban dispuestos a financiarlos con abundantes fondos, anticipando que los beneficios que les reportaría un nuevo fármaco o la prescripción de uno ya conocido para ese nuevo trastorno podrían ser millonarios. Al fin y al cabo, todo el mundo proyectaba su sombra en algún momento de su vida.

 

Al mismo tiempo, reputados investigadores del campo de la neurociencia con sus reputados aparatos (todavía se seguía usando la Tomografía por Emisión de Positrones y la Resonancia Magnética Funcional) consiguieron identificar las áreas cerebrales relacionadas con erebosis, y publicaron importantes estudios en los que se encontraba relación entre ciertos neurotransmisores y la conciencia de la propia sombra.

 

 

La industria “alternativa” también abrazó entusiasmada la idea: los fabricantes de homeopatía contaban de entrada con una gran cantidad de personas dispuestas a tomar sus pastillas de agua-y-nada-más para “curar” la erebosis sin exigir estudios de eficacia. Destacados coaches y gurús de la autoayuda escribieron best-sellers como Los doce pasos para superar la erobosis o Aprende a convivir con tu sombra. Las ponencias sobre los estudios del trastorno en los congresos de psiquiatría y psicología clínica se confundían con las “conferencias inspiracionales” de noventa minutos que los más avispados ofrecían por diez mil euros en jornadas organizadas por el Instituto Coca-Cola de la Felicidad y en las TED Conferences, entre los que se encontraba por supuesto el Dr. Smith.

 

Como era de esperar, no se consiguió encontrar un tratamiento eficaz para eliminar la proyección de la sombra. Se probó con varias alternativas, pero la reclusión en lugares oscuros y llevar parasoles cosidos a la ropa no parecían generar una adecuada “adherencia al tratamiento”, y los pacientes terminaban dejándolos. Cuando las farmacéuticas consiguieron que la FDA autorizara el uso de la fluoxetina (antidepresivo) y el alprazolam (ansiolítico) para el tratamiento del sufrimiento que provocaba en las personas descubrir que no podían librarse de su propia sombra, la proliferación de psicólogos, psiquiatras y curanderos que ofrecían todo tipo de terapias para superar el malestar no dejaba lugar a dudas: las consecuencias emocionales de tener una sombra persistente era una enfermedad que debía ser curada de alguna manera.

Poco después, la Asociación Psiquiátrica Americana (APA por sus siglas en inglés) incluyó la erebosis como diagnóstico en su Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su séptima edición (DSM-VII). La erobosis era ya una enfermedad por derecho propio.

 

La falta de éxito de los tratamiento llevó a considerar la erebosis como una enfermedad crónica. En algunos países se crearon asociaciones de afectados que exigían a los estados que la reconocieran como enfermedad incurable y que les financiaran para poder acceder a un tratamiento paliativo. Como muchos pacientes se resistían a tomar psicofármacos, y los que lo hacían necesitaban prescripción médica, algunas de estas asociaciones contrataron a maestros de reiki y naturópatas con remedios que atendían a la persona, no a la enfermedad. Las redes sociales se llenaron de vídeos en los que aparecían afectados promoviendo el uso de todo tipo de técnicas bajo el rótulo A mí me funciona. Las campañas publicadas por estas asociaciones y financiadas en parte con fondos públicos consiguieron que los medios de comunicación dejaran de hablar de “erebosíticos” para hablar de “personas con erebosis”, a lo que los becarios de las pocas redacciones de medios de comunicación que quedaban por ese entonces se sumaron fervientemente.

 

EPÍLOGO

 

Llegados a este punto, la erebosis se había convertido en una enfermedad legítima a los ojos de la sociedad. Los críticos nunca consiguieron convencer al grueso de la población de que la sombra era un fenómeno normal, no una enfermedad, y que la erebosis, al igual que la mayoría de los considerados trastornos mentales hasta el momento, no eran enfermedades con una base biológica sino una construcción histórico-cultural que sólo había servido para que una gran cantidad de personas venidas de todos los campos hicieran el agosto. Pero ya era tarde.

 

El Dr. Smith pasó el resto de su vida escribiendo libros acerca del Método Smith para la cura de la ficticia enfermedad. Hoy en día el Instituto Smith para el Erebosis ofrece cursos con marca registrada para aquellos que quieren convertirse en terapeutas, siguiendo el ejemplo de los fundadores de la Programación Neuro Lingüística (PNL). Si usted se encuentra desempleado y sin una profesión con futuro, podría reinventarse como Experto en el Método Smith y dedicarse a tratar a estos pacientes. Recuerde que, al menos en España, sigue siendo legal.

Lo importante es que usted no abandone su medicación por no poder pagarla

Esta mañana he tenido que ir al Centro de Salud de mi barrio y me he encontrado con la nueva campaña del Servicio Canario de Salud: “POR SU SALUD LO IMPORTANTE ES NO ABANDONAR LA MEDICACIÓN”. En el reverso puede leerse en letras grandes: “Es muy importante que usted no abandone su medicación por no poder pagarla, ya que perjudicará su salud”.

Estoy perplejo, casi no sé qué decir. Está claro que el Servicio Canario de Salud piensa que muchos pensionistas dejarán de comprar sus medicamentos debido a los recortes, y que eso puede evitarse publicando una campaña de dípticos. Suponen que cuando lean el panfleto se darán cuenta de que no es razonable dejar de comprar esas medicinas que probablemente necesitan para aliviar los síntomas de una enfermedad crónica por poder pagarlos. “No tener dinero para pagar los fármacos es una razón demente para dejar de cuidar tu salud” deben pensar los responsables de comunicación del SCS.

Y como los ancianos son como niños a los que hay que decirles lo que tienen que hacer, al final del díptico se lo dejamos claro: SI VE QUE NO PUEDE PAGAR SU MEDICACIÓN, NO DEJE DE TOMARLA: CONSULTE A SU MÉDICO OTRAS POSIBILIDADES DE TRATAMIENTO. Ah, pero ¿hay otras posibilidades que sean gratuitas y que tengan la misma efectividad? Pues no, hay medicamentos con los que “usted pagará mucho menos”.

Ya está solucionado: si no tienes dinero para pagar tus medicamentos, dile al médico que te recete otros que también tendrás que pagar.

Y seguimos aguantando.

 

 

Encuentran la primera página de La Biblia

Tengo mente abierta, pero no tanto como para que se me caiga el cerebro al suelo

Cada vez que alguien me dice que crea en algo bajo el argumento de “no tienes pruebas para demostrar que lo que digo es falso” me acuerdo de la historia del dragón en el garaje de Carl Sagan. Como tengo la impresión de que la voy a recurrir a ella con cierta frecuencia en el futuro, la publico por aquí para ahorrarme trabajo.

El dragón en el garaje. Carl Sagan en “El mundo y sus demonios”

En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca.

Supongamos (sigo el método de terapia de grupo del psicólogo Richard Franklin) que yo le hago a usted una aseveración como ésa. A lo mejor le gustaría comprobarlo, verlo usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!

– Enséñemelo – me dice usted.

Yo le llevo a mi garaje. Usted mira y ve una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero el dragón no está.

– ¿Dónde está el dragón? – me pregunta.

– Oh, está aquí – contesto yo moviendo la mano vagamente -. Me olvidé decir que es un dragón invisible.

Me propone que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón.

– Buena idea – replico -, pero este dragón flota en el aire.

Entonces propone usar un sensor infrarrojo para detectar el fuego invisible.

– Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor.

Se puede pintar con spray el dragón para hacerlo visible.

– Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.

Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que usted me propone con una explicación especial de por qué no funcionará.

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente? Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe? Su incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluta a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspirarnos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.

Lo único que ha aprendido usted de mi insistencia en que hay un dragón en mi garaje es que estoy mal de la cabeza. Se preguntará, si no se puede aplicar ninguna prueba física, qué fue lo que me convenció. La posibilidad de que fuera un sueño o alucinación entraría ciertamente en su pensamiento. Pero entonces ¿por qué hablo tan en serio? A lo mejor necesito ayuda. Como mínimo, puede ser que haya infravalorado la falibilidad humana.

Imaginemos que, a pesar de que ninguna de las pruebas ha tenido éxito, usted desea mostrarse escrupulosamente abierto. En consecuencia, no rechaza de inmediato la idea de que haya un dragón que escupe fuego por la boca en mi garaje. Simplemente, la deja en suspenso. La prueba actual está francamente en contra pero, si surge algún nuevo dato, está dispuesto a examinarlo a ver si le convence. Seguramente es poco razonable por mi parte ofenderme porque no me cree; o criticarle por ser un pesado poco imaginativo… simplemente porque usted pronunció el veredicto escocés de “no demostrado”.

Imaginemos que las cosas hubiesen sido de otro modo. El dragón es invisible, de acuerdo, pero aparecen huellas en la harina cuando usted mira. Su detector de infrarrojos registra algo. La pintura de spray revela una cresta dentada en el aire delante de usted. Por muy escéptico que se pueda ser en cuanto a la existencia de dragones – por no hablar de seres invisibles – ahora debe reconocer que aquí hay algo y que, en principio, es coherente con la idea de un dragón invisible que escupe fuego por la boca.

Ahora otro guión: imaginemos que no se trata sólo de mí. Imaginemos que varias personas que usted conoce, incluyendo algunos que está seguro que no se conocen entre ellas, le dicen que tienen dragones en sus garajes… pero en todos los casos la prueba es enloquecedoramente elusiva. Todos admitimos que nos perturba ser presas de una convicción tan extraña y tan poco sustentada por una prueba física. Ninguno de nosotros es un lunático. Especulamos con lo que significaría que hubiera realmente dragones escondidos en los garajes de todo el mundo y que los humanos acabáramos de enterarnos. Yo preferiría que no fuera verdad, francamente. Pero quizás todos aquellos mitos europeos y chinos antiguos sobre dragones no eran solamente mitos…

Es gratificante que ahora se informe de algunas huellas de las medidas del dragón en la harina. Pero nunca aparecen cuando hay un escéptico presente. Se plantea una explicación alternativa: tras un examen atento, parece claro que las huellas podían ser falsificadas. Otro entusiasta del dragón presenta una quemadura en el dedo y la atribuye a una extraña manifestación física del aliento de fuego del dragón. Pero también aquí hay otras posibilidades. Es evidente que hay otras maneras de quemarse los dedos además de recibir el aliento de dragones invisibles. Estas “pruebas”, por muy importante que las consideren los defensores del dragón, son muy poco convincentes. Una vez más, el único enfoque sensato es rechazar provisionalmente la hipótesis del dragón y permanecer abierto a otros datos físicos futuros, y preguntarse cuál puede ser la causa de que tantas personas aparentemente sanas y sobrias compartan la misma extraña ilusión.

 

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