Breivik, Bretón y la búsqueda de soluciones individuales a problemas sociales

Por fin el gobierno español ha decidido tomar una decisión escuchando la petición del pueblo: la modificación del código penal para introducir la figura de la llamada “cadena perpetua revisable” para “terroristas y grandes asesinos” (que por lo visto, tiene menos  que ver con la estatura del presunto criminal que con el tiempo que dediquen los contertulios de Sálvame a regodearse en los detalles más escabrosos del suceso)

 

Afirmar que esta decisión tiene más de operación de propaganda que de propuesta sosegada de solución a un supuesto problema resulta casi grotesco. Sin embargo, genera desasosiego comprobar la simplista concepción de los problemas y de las soluciones que impera alrededor. Se buscan explicaciones sencillas y respuestas de impacto que en la mayoría de los casos tienen más que ver con tranquilizar a la población que con reducir la incidencia de actos terroristas o “grandes asesinatos”.

 

Es lo que ocurre por ejemplo con el uso de la psicopatía como causa de un crimen. Para muchas personas, la psicopatía es la única explicación posible a un asesinato que no busca un fin económico, político o incluso, la venganza. Es la locura en estado puro. Parece razonable (que no justificable) que alguien ponga una bomba en los bajos de un coche para liberar a su pueblo o que planifique y ejecute la muerte de aquel que atropelló borracho a sus hijos. Podemos entender sus motivaciones. También parece razonable que el mismo día que Anders Breivik acababa con la vida de 76 personas en Noruega, las noticias nos contaran como en Libia, un hombre subió a un avión de la OTAN cargado de bombas y se dirigió a la ciudad de Zlitan. Una vez allí, dejó caer los explosivos sobre los civiles, concretamente sobre varios centros de servicio y un centro de salud, entre otros, matando a un número indeterminado de personas. Entra dentro de lo entendible, y lo entendible no es patológico.

 

La paradoja de esto es que la psicopatía no es motivo de inimputabilidad en el estado español, debido a que se considera que no altera la “consciencia” ni la “voluntad” de la persona, dos parámetros que utiliza el sistema judicial para determinar si se puede culpar a alguien de un crimen. Es aún más contradictorio cuando sabemos que esta falta de remordimientos y la búsqueda de la satisfacción de los propios deseos por encima de los códigos sociales del psicópata son rasgos estable en la persona, resistentes a la modificación y que aparecen desde edades muy tempranas. Y por supuesto, no contamos con ningún indicador objetivo de esta psicopatía: no hay escáneres o resonancias que aporten ninguna prueba de la existencia de este trastorno, al igual que ocurre con el resto de trastornos psiquiátricos. Esto no debería sorprendernos si entendemos que lo que llamamos trastornos no nacen de hallazgos psicobiológicos, sino de consensos entre psiquiatras que deciden que ciertas conductas, cuando se dan conjuntamente en una persona, pasan a constituir los síntomas de un trastorno, como ya expliqué en el artículo sobre la erebosis.

 

Y aquí la hipocresía se hace evidente. Cuando una persona decide acabar con la vida de otras siendo consciente de lo que hace y con voluntad de realizar la acción, no siempre es asesinato. Socialmente hemos creado unas categorías en las que vamos catalogando a las “personas que matan a otras personas de forma consciente y voluntaria” y les hemos puesto unas etiquetas de “bueno” y “malo” en función de la explicación simplista que tengamos del hecho. Si mata por motivos religiosos o políticos, es un terrorista. Si mata sin motivo alguno y no presenta uno de los trastornos que hemos determinado que alteran la consciencia o la voluntad (consumo de sustancias, retraso mental, delirios, etc.), es un psicópata. Si mata a decenas de civiles en una “misión de paz”, es un héroe de la patria.

 

 

Una vez identificado lo que vamos a considerar un problema o un delito, viene la mejor parte: la solución será siempre individual, aunque se trate de un problema social. A nivel penal, se pretende solucionar el machismo aumentando las penas a los maltratadores, el terrorismo ampliando las condenas a los miembros de bandas armadas, el infanticidio creando la figura de la “cadena perpetua revisable” (lo que recientemente hemos considerado una alarma nacional aunque estos supuestos psicópatas provoquen menos muertes al año que los accidentes de parapente).

 

Este procedimiento de catalogar algo como un problema y luego buscar una solución individual se repite en muchos ámbitos de la sociedad. En los colegios, miles de niños son medicados porque tienen problemas para mantenerse sentados sin moverse durante seis horas al día. En las consultas de psiquiatría, decenas de miles de personas recogen sus recetas de ansiolíticos para aplacar el sufrimiento derivado del desempleo y la falta de perspectivas laborales. En las librerías, millones de personas acuden a la sección de libros de autoayuda buscando soluciones a la tristeza (ojo al dato, a la tristeza) o recetas mágicas que le permitan entrar en un pantalón de la talla 36. Es el tratamiento individual de problemas sociales, sobre los que pocas veces se investiga y casi nunca se interviene.

 

No es extraño por tanto que las pocas medidas aplaudidas por una parte de la población hayan encajado con este modelo: modificaciones del código penal para prevenir casos como el de Ruth y José o Marta del Castillo, prohibición para reducir el número de abortos, más modificaciones del código penal para culpables de terrorismo. En la misma linea, el hambre pasa a ser un problema individual cuando se obliga a poner candados a los cubos de basura buscando que la gente no se intoxique, la salud pasa a ser una cuestión personal al pretender reducir el gasto sanitario eliminando la asistencia a personas sin papeles, como si las infecciones entendieran de burocracia; el desempleo pasa a ser una circunstancia personal (y en muchos casos elegida) cuando se pretende supeditar el derecho a las prestaciones a que la persona demuestre que está buscando empleo, como si los cinco millones de parados que hay ahora mismo en España lo fueran por decisión propia.

 

Ninguno de los problemas anteriores tendrá solución hasta que no entendamos que lo que es o no problemático es una decisión por consenso, y que muchos de los verdaderos problemas que afectan a la gente sólo pueden solucionarse conociendo bien las múltiples causas e interviniendo sobre ellas, aunque estos procedimientos no sean tan vendibles y no ofrezcan soluciones a corto plazo. Mientras tanto, seguiremos buscando milagros o encomendándonos a la magia.

 

PD: Gracias a Fernando Frías por su asesoramiento sobre el tema de la psicopatía y la imputabilidad.

“Aquel que no quiere razonar es un fanático,

el que no sabe razonar es un necio

y el que no se atreve a razonar es un esclavo”

William Drummond

¿Cómo se inventa un nuevo trastorno mental? La historia de la Erebosis

 

Año 2030. Aquella mañana el Dr. Smith, reputado profesor de una reputada universidad, tuvo la oportuna intuición de que la sombra humana era algo que podía ser considerado como patológico. Al igual que ocurriera anteriormente con la ansiedad o la tristeza, el Dr. Smith pensó que la sombra, que hasta el momento había sido considerada normal, podía ser el principal síntoma de un trastorno, al que denominó Erebosis, tomando su nombre de Érebo, dios griego de la sombra y la oscuridad.

 

Sus primeros estudios, en colaboración otros reputados profesores de reputadas universidades en reputados países de diferentes continentes, evidenciaban que la erobosis aparecía en todas las culturas, aunque con diferencias en la incidencia en función del país – parecía que en los países más cercanos al ecuador la frecuencia y duración de la sombra era significativamente más elevada que en Finlandia. La conclusión era evidente: la proyección de la sombra se convirtió en un síntoma que compartimos con el resto de animales, pero cuyo tamaño, duración, frecuencia e intensidad pueden estar mediados por factores que ya se explicarían más adelante.

 

El hallazgo era fascinante: no se había encontrado nada parecido desde los estudios transculturales sobre el reconocimiento de la expresión facial de la emoción desarrollados por Tomkins, Ekman e Izard en los años sesenta del siglo XX, y las pocas voces críticas, procedentes fundamentalmente del mundo de la física, la sociología de la cultura y un pequeño sector dentro de la salud mental, no pudieron evitar que tamaño descubrimiento se convirtiera en un fenómeno de alcance planetario.

 

En poco tiempo, varios grupos de investigación descubrieron que elegir la erebosis como tema de investigación era una buena opción: algunos laboratorios farmacéuticos estaban dispuestos a financiarlos con abundantes fondos, anticipando que los beneficios que les reportaría un nuevo fármaco o la prescripción de uno ya conocido para ese nuevo trastorno podrían ser millonarios. Al fin y al cabo, todo el mundo proyectaba su sombra en algún momento de su vida.

 

Al mismo tiempo, reputados investigadores del campo de la neurociencia con sus reputados aparatos (todavía se seguía usando la Tomografía por Emisión de Positrones y la Resonancia Magnética Funcional) consiguieron identificar las áreas cerebrales relacionadas con erebosis, y publicaron importantes estudios en los que se encontraba relación entre ciertos neurotransmisores y la conciencia de la propia sombra.

 

 

La industria “alternativa” también abrazó entusiasmada la idea: los fabricantes de homeopatía contaban de entrada con una gran cantidad de personas dispuestas a tomar sus pastillas de agua-y-nada-más para “curar” la erebosis sin exigir estudios de eficacia. Destacados coaches y gurús de la autoayuda escribieron best-sellers como Los doce pasos para superar la erobosis o Aprende a convivir con tu sombra. Las ponencias sobre los estudios del trastorno en los congresos de psiquiatría y psicología clínica se confundían con las “conferencias inspiracionales” de noventa minutos que los más avispados ofrecían por diez mil euros en jornadas organizadas por el Instituto Coca-Cola de la Felicidad y en las TED Conferences, entre los que se encontraba por supuesto el Dr. Smith.

 

Como era de esperar, no se consiguió encontrar un tratamiento eficaz para eliminar la proyección de la sombra. Se probó con varias alternativas, pero la reclusión en lugares oscuros y llevar parasoles cosidos a la ropa no parecían generar una adecuada “adherencia al tratamiento”, y los pacientes terminaban dejándolos. Cuando las farmacéuticas consiguieron que la FDA autorizara el uso de la fluoxetina (antidepresivo) y el alprazolam (ansiolítico) para el tratamiento del sufrimiento que provocaba en las personas descubrir que no podían librarse de su propia sombra, la proliferación de psicólogos, psiquiatras y curanderos que ofrecían todo tipo de terapias para superar el malestar no dejaba lugar a dudas: las consecuencias emocionales de tener una sombra persistente era una enfermedad que debía ser curada de alguna manera.

Poco después, la Asociación Psiquiátrica Americana (APA por sus siglas en inglés) incluyó la erebosis como diagnóstico en su Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su séptima edición (DSM-VII). La erobosis era ya una enfermedad por derecho propio.

 

La falta de éxito de los tratamiento llevó a considerar la erebosis como una enfermedad crónica. En algunos países se crearon asociaciones de afectados que exigían a los estados que la reconocieran como enfermedad incurable y que les financiaran para poder acceder a un tratamiento paliativo. Como muchos pacientes se resistían a tomar psicofármacos, y los que lo hacían necesitaban prescripción médica, algunas de estas asociaciones contrataron a maestros de reiki y naturópatas con remedios que atendían a la persona, no a la enfermedad. Las redes sociales se llenaron de vídeos en los que aparecían afectados promoviendo el uso de todo tipo de técnicas bajo el rótulo A mí me funciona. Las campañas publicadas por estas asociaciones y financiadas en parte con fondos públicos consiguieron que los medios de comunicación dejaran de hablar de “erebosíticos” para hablar de “personas con erebosis”, a lo que los becarios de las pocas redacciones de medios de comunicación que quedaban por ese entonces se sumaron fervientemente.

 

EPÍLOGO

 

Llegados a este punto, la erebosis se había convertido en una enfermedad legítima a los ojos de la sociedad. Los críticos nunca consiguieron convencer al grueso de la población de que la sombra era un fenómeno normal, no una enfermedad, y que la erebosis, al igual que la mayoría de los considerados trastornos mentales hasta el momento, no eran enfermedades con una base biológica sino una construcción histórico-cultural que sólo había servido para que una gran cantidad de personas venidas de todos los campos hicieran el agosto. Pero ya era tarde.

 

El Dr. Smith pasó el resto de su vida escribiendo libros acerca del Método Smith para la cura de la ficticia enfermedad. Hoy en día el Instituto Smith para el Erebosis ofrece cursos con marca registrada para aquellos que quieren convertirse en terapeutas, siguiendo el ejemplo de los fundadores de la Programación Neuro Lingüística (PNL). Si usted se encuentra desempleado y sin una profesión con futuro, podría reinventarse como Experto en el Método Smith y dedicarse a tratar a estos pacientes. Recuerde que, al menos en España, sigue siendo legal.

Lo importante es que usted no abandone su medicación por no poder pagarla

Esta mañana he tenido que ir al Centro de Salud de mi barrio y me he encontrado con la nueva campaña del Servicio Canario de Salud: “POR SU SALUD LO IMPORTANTE ES NO ABANDONAR LA MEDICACIÓN”. En el reverso puede leerse en letras grandes: “Es muy importante que usted no abandone su medicación por no poder pagarla, ya que perjudicará su salud”.

Estoy perplejo, casi no sé qué decir. Está claro que el Servicio Canario de Salud piensa que muchos pensionistas dejarán de comprar sus medicamentos debido a los recortes, y que eso puede evitarse publicando una campaña de dípticos. Suponen que cuando lean el panfleto se darán cuenta de que no es razonable dejar de comprar esas medicinas que probablemente necesitan para aliviar los síntomas de una enfermedad crónica por poder pagarlos. “No tener dinero para pagar los fármacos es una razón demente para dejar de cuidar tu salud” deben pensar los responsables de comunicación del SCS.

Y como los ancianos son como niños a los que hay que decirles lo que tienen que hacer, al final del díptico se lo dejamos claro: SI VE QUE NO PUEDE PAGAR SU MEDICACIÓN, NO DEJE DE TOMARLA: CONSULTE A SU MÉDICO OTRAS POSIBILIDADES DE TRATAMIENTO. Ah, pero ¿hay otras posibilidades que sean gratuitas y que tengan la misma efectividad? Pues no, hay medicamentos con los que “usted pagará mucho menos”.

Ya está solucionado: si no tienes dinero para pagar tus medicamentos, dile al médico que te recete otros que también tendrás que pagar.

Y seguimos aguantando.

 

 

Encuentran la primera página de La Biblia

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