La “viagra femenina” no es la solución a la falta de deseo sexual

Saben que la FDA ha aprobado –después de haberla rechazado en dos ocasiones –  la comercialización de Addyi, un fármaco cuyo principio activo es la flibanserina. Según sus fabricantes, el laboratorio Boehringer Ingelheim, este principio actúa sobre algunos neurotransmisores (activando los receptores de serotonina e inhibiendo los de dopamina) aumentando el deseo sexual, aunque las pruebas hablan de una eficacia sólo un poco superior al placebo y con efectos secundarios como mareos, somnolencia, fatiga, insomnio y sequedad en la boca que afectan a más del 10% de las mujeres.

Hoy hemos estado hablando en Twitter sobre las consecuencias de la comercialización de una pastilla como esta. En primer lugar, se trata de un tratamiento farmacológico para un trastorno sexual recogido en el DSM (manual de referencia en el diagnóstico de los “trastorno mentales”) como “Trastorno del deseo sexual hipoactivo”. Se asume de entrada que existe una enfermedad o trastorno en la persona, y que el fármaco actúa para disminuir los efectos de dicha enfermedad. Por razones más económicas que científicas, ese modelo farmacológico impera en salud mental aunque no se corresponde con lo que sabemos sobre la adquisición y mantenimiento de conductas, adolece de pruebas y provoca graves consecuencias.

 

Ya no hay excusa para que no le apetezca, pensarán algunos.

Ya no hay excusa para que no le apetezca, pensarán algunos.

 

LA FALTA DE DESEO SEXUAL COMO ENFERMEDAD

La primera de ellas, y de la que nacen todas las demás, es que este trastorno (o cualquier otro) se concibe como el conjunto de síntomas de una alteración interna de la persona, generalmente del sistema nervioso. Se asume que esa alteración existe, aunque no se haya encontrado un claro marcador biológico para ninguno de los trastornos mentales recogidos en los manuales DSM y CIE. Se supone que existen, pero después de décadas de estudios, solamente contamos con un puñado de correlaciones (como que cuando la persona está triste, se observa una actividad reducida en el cortex prefrontal ventromedial, entre otras ). Ninguna alteración clara que permita distinguir a un organismo normal de uno “enfermo” o “alterado”.

Una de las razones principales de esto es que el sistema nervioso (nos referimos a él en la medida que se asume cada vez más que la conducta es producto del cerebro, algo creado por este como causa última) va cambiando con la experiencia. Los procesos de plasticidad neuronal, provocan que el sistema nervioso se modifique a medida que interactuamos con el entorno, lo que convierte a la medida neurofisiológica en variable dependiente de la interacción entre la persona y el contexto. Esto implica que tanto la aparición de la alteración neurológica como la de una conducta específica son generalmente producto de otras causas, que provoca tanto la conducta normal como la anormal.

Por tanto, ni siquiera aunque se encontrara una alteración neurofisiológica clara se podría decir que el “síntoma” de la persona es consecuencia de esa alteración cerebral. Simplemente estamos considerando que ciertas conductas son disfuncionales por otros motivos que nada tienen que ver con el cerebro. Entonces, si el fármaco no actúa sobre la “causa cerebral” del problema, ¿qué es lo que hace?

 

La enfermedad mental se concibe como un trastorno del cerebro y/o la mente.

La enfermedad mental se concibe como un trastorno del cerebro y/o la mente.

 

SUSTANCIAS QUE PROVOCAN EFECTOS PSICOACTIVOS

No hace falta explicar que los fármacos no son sustancias que uno introduce en su cuerpo que se dirigen exclusivamente a la diana sobre la que queremos que actúen, sino que se propagan por todo el organismo provocando diversos efectos. Cuando esos efectos producen cambios considerados beneficiosos (bajan la fiebre, eliminan una bacteria, reducen del dolor) que son superiores a los no deseados, a los producidos por un placebo y con pruebas de su seguridad, entonces puede salir al mercado.

Si el efecto principal de ese fármaco es el de producir efectos estimulantes, deprimentes, narcóticos o alucinógenos, entonces podemos denominarlo “droga”, aunque esta palabra esté tan cargada de tintes peyorativos que genera en muchas personas un rechazo instantáneo. Los psicofármacos son siempre drogas en ese sentido, sustancias que producen multitud de efectos en el sistema nervioso (y otros sistemas), algunos de los cuales interesan especialmente. Llegados a este punto, podemos decir que Addyi es un fármaco (o droga) que produce una gran cantidad de efectos, entre ellos el de aumentar en algunas mujeres el deseo sexual (bastante poco, por cierto: un aumento de 0’5 a 1 encuentros sexuales satisfactorios más frente al aumento de 0’3 a 0’4 que se relaciona con el placebo).

El problema es que el bajo deseo sexual no es una enfermedad en sentido médico. No es un “síntoma” de una alteración biológica, sino una respuesta que en muchos casos (salvo una enfermedad real o el consumo de un fármaco que reduzca el deseo sexual, como ocurre frecuentemente con los antidepresivos) aparece ante la falta de reforzadores en la vida de la persona, ya sean sexuales o de otro tipo. Los problemas de pareja, las malas experiencias en las relaciones sexuales, la falta de una estimulación adecuada y suficiente, pero también la pérdida del empleo, la muerte de un familiar cercano o un exceso de estrés derivado de una acumulación de tareas laborales y domésticas son causas habituales del bajo deseo sexual. El deseo sexual hipoactivo es consecuencia mayoritariamente de variables que encontramos en la interacción de la persona con el contexto, no de una enfermedad biológica subyacente que nunca ha sido encontrada.

 

¿No te apetece? Entonces estás enferma y necesitas tratamiento.

¿No te apetece? Entonces estás enferma y necesitas tratamiento.

 

EFECTOS COLATERALES DEL FÁRMACO NO CONTEMPLADOS

En este caso, un fármaco (por muy eficaz que fuera y muy pocos efectos secundarios provocara) no sería el tratamiento de elección salvo para unos pocos (aunque también importantes) casos en los que la causa del bajo deseo sexual ha sido identificada en el organismo de la mujer, como una enfermedad grave de cualquier tipo (oncológica, genital u hormonal, por ejemplo). En el resto de casos, la pastilla sería un tratamiento sintomático del problema que no incidiría en las causas, lo que podría retrasar que se abordaran eficazmente. La falta de deseo sexual puede ser indicador de un problema de pareja que hay que resolver, y su eliminación podría prolongarlo innecesariamente.

Creo hay bastantes razones con lo expuesto hasta ahora para dudar de que la “viagra femenina” sea algo tan revolucionario como nos lo están queriendo vender sus fabricantes. Más bien, parece una nueva campaña de marketing de la industria para recuperar la enorme inversión que supone sacar al mercado un nuevo producto. Pero no sólo podría estar dificultando y demorando el tratamiento efectivo de las causas del deseo sexual hipoactivo.

La mayoría de la gente comparte los modelos anatomopatológico y farmacológico de los trastornos mentales que se encuentra en la base de los trastornos mentales tal y como se conciben en los manuales DSM y CIE, y es a partir de estos esquemas como se entiende la salud y la “enfermedad” mental. La gente piensa (tal y como se transmite machaconamente) que se ha encontrado el tratamiento de una enfermedad como si se tratara de la cura del ébola o del cáncer de páncreas, algo que sufre la persona en su interior sin saber muy bien cómo y que es remediado por el fármaco.

Esto convierte a las mujeres con “trastorno del deseo sexual hipoactivo” en enfermas, es algo que les pasa a ellas y que hay que “curar” con el fármaco. Sería incluso una irresponsabilidad y una desconsideración hacia la pareja que no lo tomara si fuera realmente eficaz y seguro. Me estoy imaginando ya a un buen número de mujeres acudiendo a su médico de cabecera para que le receten el fármaco que “cura” su “enfermedad”. Creo que no es necesario explicar las terribles consecuencias de estas creencias en la vida de las mujeres. Mi experiencia (algo que sólo sirve como ejemplo) me dice que muchas mujeres se estarán riendo al escuchar hablar de un fármaco como este. Pero también que otras muchas verán en este fármaco una “solución” a uno de sus problemas sin tener que enfrentarse a la dolorosa tarea de actuar para cambiar sus causas.

NOTA: Para conocer en detalle en cómo funciona la flibanserina, su historia, los estudios al respecto y todo lo demás, no dejen de consultar este fabuloso artículo de Javier Padilla.


Una respuesta a “La “viagra femenina” no es la solución a la falta de deseo sexual”

  1. Javier Sánchez de la Barquera mayo 20, 2017 a 3:26 #

    Conforme pasa el tiempo, el DSM de Marras me parece más un libraco medieval basado en un supuesto dualista que un tratado basado en evidencias falsables.
    Y yo que me espantaba de “El sistema del Dr. Tarr y el Profesor Fether” de Poe…

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