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Trastornos a medida de ideologías (II): el Síndrome Post Aborto

Uno de los temas más polémicos en el debate político desde los años sesenta es la cuestión del aborto. Las posturas son antagónicas y bien conocidas. Por un lado, las organizaciones feministas y los sectores de izquierda reivindican el derecho de las mujeres a decidir si continúan o interrumpen el embarazo de manera voluntaria, y bajo la idea de que no se puede considerar al feto como una vida humana hasta las 14 semanas de gestación, abogan por permitir el aborto libre y a elección de la embarazada hasta ese momento. Por otro, los grupos antiabortistas ligados frecuentemente a la derecha política y a grupos religiosos conservadores, defienden que la interrupción del embarazo en cualquier momento de la gestación supone acabar con una vida humana y que debe ser completamente prohibido salvo en una serie de supuestos, como que el feto presente anomalías incompatibles con la vida o que se le detecte una enfermedad extremadamente incurable o grave, aunque también hay ultraconservadores que defienden la prohibición sin excepciones.

Imagen de una campaña antiaborto

El debate sobre el aborto no es un debate científico, sino ideológico. Sin embargo, y como expliqué en el artículo anterior hablando sobre el SAP, la creación de síndromes sin ningún tipo de fundamentación científica por grupos que buscan en una etiqueta diagnóstica la legitimación de sus posiciones ideológicas y sus intereses se está convirtiendo en algo habitual. Si son aficionados a la psicología o la psiquiatría, es muy probable que hayan escuchado a algunos profesionales hablar del Síndrome Post Aborto (por sus siglas, SPA) como si se tratara de un trastorno reconocido y estudiado que antecede a la interrupción del embarazo. Aunque los síntomas de este supuesto trastorno no están bien definidos y no existe ningún manual de diagnóstico oficial que lo reconozca, algunos autores exponen que el SPA es una variante del Síndrome de Estrés Postraumático cuyos componentes básicos serían:

  1. La exposición o participación en la experiencia de aborto, lo que se percibe como la destrucción traumática e intencional de un niño no nacido.
  2. Reexperimentación negativa e incontrolada del momento del aborto.
  3. Intentos fallidos de evitar no negar los recuerdos dolorosos del aborto, que provoca una reducción de la capacidad de respuesta.
  4. Experimentación de síntomas asociados no presentes antes del aborto, incluida la culpa por sobrevivir.
¿Es esto un hecho natural o fruto de la ideología?

¿Es esto un hecho natural o fruto de la ideología?

 

¿EXISTEN EVIDENCIAS A FAVOR DEL SÍNDROME POST ABORTO?

La pregunta sobre la existencia de pruebas del Sindrome Post Aborto o de que abortar provoque de manera sistemática problemas de salud mental en la mujer (aunque no se le llame SPA) no es nueva. En el año 1987, las organizaciones antiabortistas de EEUU llevaban más de una década intentando sin éxito que los principales grupos médicos del país apoyaran que el aborto suponía un peligro para la salud de la mujer. Ese año convencieron al presidente Ronald Reagan para que analizara los efectos del aborto sobre la salud, quien encargó al Dr. Everett Koop que hiciera un análisis del fenómeno y le entregara un informe. Los resultados llegarían dos años después, en marzo de 1989. El Dr. Koop presentó su informe, en el que afirmaba que el aborto no producía secuelas físicas diferentes que las que se encontraban en las mujeres que completaban su embarazo. Sobre los efectos sobre la salud mental, la conclusión de Koop es que existía evidencia anecdótica en ambas direcciones – lo que viene a significar que en algunas mujeres el aborto provocaba problemas psicológicos y en otras su salud mental salía reforzada – y dejando claro que “los casos individuales no pueden utilizarse para llegar a conclusiones científicamente sólidas”.

Posteriormente, la Asociación Psicológica Americana (APA)  realizó su propio análisis sobre los supuestos efectos psicológicos del aborto. Sus principales conclusiones son que los estudios sobre las consecuencias psicológicas del aborto en las mujeres sufren en general graves deficiencias metodológicas, y que la variabilidad en las reacciones psicológicas después del aborto es muy alta, encontrando que

  • Entre las mujeres que tienen un embarazo no deseado, el riesgo de sufrir problemas de salud mental tras un aborto en los primeros tres meses de embarazo no es mayor que el de completarlo.
  • La asociación entre múltiples abortos y problemas de salud mental es pequeña y se debe probablemente a riesgos que predisponen a una mujer tanto a múltiples embarazos no deseados como a problemas de salud mental.
  • La intencionalidad y el deseo de tener un embarazo parece un factor principal cuando analizamos las reacciones psicológicas al aborto.

Si el aborto provocara problemas de salud mental por sí mismo, el SPA sería una pandemia. Afortunadamente no es así.

 

Según la APA, no sólo no podemos afirmar que exista una relación aborto – problemas psicológicos, sino que incluso en algunos casos la salud mental de la mujer tras un aborto puede mejorar, aunque en sentido estricto no podemos afirmar ninguna de las dos cosas taxativamente. Los factores que mejor nos permiten predecir las respuestas psicológicas negativas de una mujer tras el aborto son:

  • Percepción de estigma, la necesidad de mantener el secreto y anticipación de bajo apoyo social por la decisión.
  • Una historia previa de problemas de salud mental.
  • Factores de personalidad como baja autoestima y el uso de estrategias de afrontamiento basadas en la negación y la evitación.
  • Características particulares del embarazo, incluyendo el grado en que la mujer quería y se sentía comprometido con él.

 

¿SIGNIFICA ESTO QUE NO HAY MUJERES QUE SUFREN TRAS UN ABORTO?

Como en el artículo anterior parece que se malinterpretaron algunas cuestiones, voy a dejar bien claro este punto: hay mujeres que pueden vivir la experiencia de abortar de manera negativa e incluso traumática y tenemos cierta evidencia de que puede ser así. También hay evidencias de que para otras mujeres, el hecho de abortar resulta de alguna manera liberador, sobre todo en los casos en que el embarazo es no deseado. Lo que nos vienen a decir las conclusiones es que no se puede hablar de la existencia de un síndrome que ocurre tras el aborto como si el hecho de abortar supusiera per se un peligro para la salud mental de la mujer. Afirmar la existencia del Síndrome Post Aborto es faltar a la verdad.

Lo que podemos afirmar a día de hoy es que algunas mujeres pueden sufrir problemas de salud mental derivados del hecho de abortar, sobre todo cuando tienen problemas previos de salud mental, baja autoestima y deseos de tener al niño, todos ellos factores principalmente individuales. Pero también nos dicen que la pervivencia de una posición ideológica de rechazo y estigmatización del aborto en las familias y la sociedad es también un factor de riesgo de problemas psicológicos en las mujeres que abortan, de lo que se deduce que en la medida en que se reduzca el rechazo al aborto, también se pueden reducir los problemas psicológicos de algunas mujeres cuya salud mental no empeora por el hecho de abortar, sino por la presión social en contra de que lo haga. Es la propia estigmatización de los antiabortistas la que aumenta el riesgo de que muchas mujeres sufran problemas de salud mental tras un aborto.

 

¿HA ACABADO TODO ESTO CON EL SPA?

Los estudios sobre el supuesto Síndrome Post Aborto son claros: no puede hablarse de su existencia, y así lo reconocen las organizaciones que editan los manuales  diagnósticos de referencia en salud mental, no apareciendo ni en la CIE-10 (editada por la OMS) ni en el DSM-V (editado por la Asociación Psiquiátrica Americana, que no se caracteriza precisamente por ser muy reacia a la introducción en su manual de nuevas categorías diagnósticas, incluso sin contar con evidencia suficiente para ello). Todo eso debería ser suficiente para que tanto en los círculos profesionales como en los medios de comunicación se dejara de hablar de este falso síndrome, pero no ha sido así.

Cuando la finalidad última de alguien es defender una postura ideológica, la verdad importa poco si no legitima sus posiciones. El hecho de encontrar a profesionales de la salud mental que siguen hablando de este síndrome ignorando las pruebas no puede explicarse sino por ignorancia o por un interés voluntario de seguir difundiendo el bulo, probablemente porque justifica sus posiciones ideológicas. El problema es que en la medida en que hay psicólogos o psiquiatras que faltan a la verdad,  algunos de los cuales se lucran de difundir información falsa dando conferencias o cursos sobre un síndrome inexistente, los medios de comunicación se hacen eco del concepto y hablan del SPA como si un trastorno legítimo se tratara. Esto unido a la desinformación difundida por organizaciones como NoMásSilencio o Proyecto Esperanza (la mayoría de las organizaciones que difunden información errónea sobre este síndrome están relacionadas directamente con grupos católicos ultraconservadores) confunden a la ciudadanía y extienden la idea de que el aborto puede suponer un peligro para la salud mental de la mujer.

 

Antes de terminar, le quiero coger prestado al amigo Javier Padilla el último párrafo sobre su artículo sobre el mismo tema, que se ha convertido en una referencia en internet: Si alguien va a poner el grito en el cielo que lo haga en los comentarios, pero agradeceríamos que añadiera artículos científicos más allá de “mi prima la Yenni se pilló una depresión tó gorda después de que el Yona la preñara y tuvieran que abortar”. Por respeto a la Yenni y a aquellos que pensamos que la salud reproductiva de las mujeres es un asunto lo suficientemente serio como para no sublimar en ella nuestras creencias religiosas/morales.

 

* Si te ha gustado este artículo puede ayudarme a difundirlo meneándolo en este enlace

 

BIBLIOGRAFÍA

American Psychological Association, Task Force on Mental Health and Abortion. (2008). Report of the Task Force on Mental Health and Abortion. [Disponible aquí]

Benito, E. (2008).Una ley de plazos cubriría el 90% de los abortos que se realizan. Publicado en EL PAÍS del 5/1/2008. [Disponible aquí]

Cohen, Susan A. (2006). Abortion and Mental Health: Myths and Realities. Guttmacher Policy Review. Summer 2006, Volume 9, Number 3. [Disponible aquí]

Padilla, J. (2012). El Síndrome Post Aborto: una mentira repetida mil veces… Blog: MédicoCrítico. [Disponible aquí]

Speckhard, A.C. y Rue, V.M. (2010). Postabortion Syndrome: An Emerging Public Health Concern. Journal of Social Issues. Voumen 48, Issue 3, pages 95–119 [Disponible aquí]

Trastornos a medida de ideologías: el Síndrome de Alienación Parental

 

Uno de los debates más interesantes en la psicología clínica y la psiquiatría actual es el referido a la consideración de los trastornos mentales como “formaciones naturales” o como “construcciones prácticas”, o lo que viene a ser lo mismo: ¿los trastornos mentales están ahí y los estamos descubriendo o son invenciones de los clínicos para denominar a problemas que se le presentan y poder tratarlos como si fueran enfermedades aunque no lo sean?

 

Como denuncian Marino Pérez y Héctor González en su libro “La invención de los trastornos mentales, ¿escuchando al síntoma o al paciente?”, el modelo psicofarmacológico de la enfermedad mental, principal defensor de que los trastornos mentales existen y son descubiertos, se asienta en tres pilares pseudocientíficos:

 

  • Diagnósticos sobre un listado superficial de síntomas
  • Supuestos desequilibrios bioquímicos
  • Pretendido determinismo genético
  

 

Sobre este modelo se han ido creando decenas de etiquetas en salud mental a imagen y semejanza de las enfermedades “físicas” de la medicina, proponiendo tratamientos supuestamente específicos para su tratamiento. Modelo que también ha sido asumido por las asociaciones de pacientes, que lejos del antiguo temor por la estigmatización, buscan una legitimación a sus problemas en un sistema de salud que sólo acepta como válido el sufrimiento etiquetado y categorizado, aunque esas etiquetas no tengan ninguna base científica y sólo sirvan para acceder a ciertos beneficios sanitarios y legales, lo que resulta realmente preocupante.

 

Me gustaría reflexionar acerca de dos de estos supuestos trastornos que cada vez escuchamos más y que, a pesar de estar basados en planteamientos pseudocientíficos y no tener evidencias empíricas de su existencia, son considerados como enfermedades con fundamentación biológica que deben ser tenidas en cuenta a la hora de tomar decisiones legales: el Síndrome de Alienación Parental y el Síndrome Post Aborto (SAP y SPA, por sus siglas). Para que el artículo no se haga muy largo, me centraré en esta ocasión en el SAP. He elegido estos dos porque ambos son en mi opinión el paradigma de supuestos trastornos inventados para justificar una ideología que además persisten gracias a su defensa por parte de grupos ultraconservadores.

 

 

EL SÍNDROME DE ALIENACIÓN PARENTAL

El Síndrome de Alienación Parental es un supuesto conjunto de síntomas propuesto por el psiquiatra infantil Richard Gardner. Antes de trabajar como capitán y psicólogo militar, especializado en la “desprogramación” de soldados estadounidenses prisioneros de guerra, Gardner se dedicaba a ejercer de perito judicial para hombres acusados de abuso y maltrato infantil. En ese contexto, desarrolla el SAP para defender la inocencia de sus pagadores y culpar a las denunciantes de falsedad en las declaraciones y denuncias.

 

LOS “SÍNTOMAS”

Desgracidamente, en los entornos legales se tiene poco conocimiento del método científico y de psicopatología, lo que llevó a Gardner a convencer a muchos jueces de la existencia de un síndrome inventado por él mismo del que nunca presentó pruebas empíricas y que sólo fue publicado en una editorial de su propiedad, llamada Creative Therapeutics.

 

Solamente su falta de evidencias empíricas sobre los síntomas y la etiología ya es suficiente para deslegitimar el famoso SAP. Sin embargo, vamos a analizar el supuesto trastorno. Como bien define la Asociación Española de Neuropsiquiatría, el SAP se refiere a la “programación” o “lavado de cerebro” hecho por un progenitor sobre el niño, con el fin de “denigrar” y “vilipendiar” al otro progenitor (añadiéndose elaboraciones “construidas” por el propio menor) y así justificar la resistencia del niño/a a mantener una relación con dicho progenitor, al cual se define como alienado. Sus supuestos síntomas, decididos por el propio Gardner, son los siguientes:

  1. Impedimento por parte de uno de los progenitores a que el otro progenitor vea a sus hijos o pueda convivir con ellos.
  2. Desvalorizar e insultar al otro progenitor en presencia del hijo.
  3. Implicar al propio entorno familiar y a los amigos en los ataques al excónyuge.
  4. Subestimar o ridiculizar los sentimientos de los niños hacia el otro progenitor.
  5. Incentivar o premiar la conducta despectiva y de rechazo hacia el otro progenitor.
  6. Influir en los niños con mentiras sobre el otro progenitor llegando a asustarlos.
  7. En los niños puede detectarse cuando éstos no pueden dar razones o dan explicaciones absurdas e incoherentes para justificar el rechazo; y también si utilizan frases o palabras impropias de su edad, como diálogos similares o idénticos al del progenitor «alienador», llegando incluso a inventar y mencionar situaciones de abuso o maltrato que jamás han sucedido.

 

Para la invención de su síndrome, Gardner realiza una analogía con el Síndrome de Down: la aparición de un conjunto de síntomas en el Down es indicativa de una anormalidad genética de igual manera que la aparición de los síntomas del SAP (inventados por él mismo, no lo olvidemos) es indicativa de que es un síndrome puro. He aquí un “razonamiento por analogía”, falacia dirigida a justificar la existencia “natural” del SAP. Como hay unos síntomas que aparecen siempre juntos, ya tenemos un síndrome “puro”, como ocurre con una enfermedad cromosómica. Por cierto: no aportó ninguna prueba de que esos esos supuestos síntomas aparecieran juntos.

 

Todas sus argumentaciones van dirigidas a explicar que el rechazo de un/a niño/a a su padre es siempre un síndrome provocado por una madre manipuladora, por lo que los testimonios de los niños a los que les ocurre esto no pueden ser tomados como válidos, ni siquiera cuando el niño denuncia un maltrato o abuso por parte de su padre. Tampoco los de los terapeutas que argumentan en contra del SAP, ya que pasan a formar parte de una “folie à trois” (locura a tres). Por supuesto, los argumentos de la madre tampoco son válidos. Solamente son válidos los del padre y los del “profesional” que apoye la existencia del síndrome, lo que lo convierte al SAP en infalsable: no hay manera de demostrar que no hay síndrome.

 

LA ETIOLOGÍA DEL SÍNDROME (LAS CAUSAS)

La supuesta causa del SAP es la programación que provoca la alienación del niño o niña de su padre, algo que se manifiesta a cualquier edad del niño. Esa supuesta simplicidad es sencilla de entender para alguien que no sepa nada de psicopatología, pero obvia todo lo que sabemos sobre la capacidad de representación, el desarrollo del lenguaje, el papel del juego, el desarrollo de la capacidad de pensamiento, la comprensión de la realidad y la fantasía, la construcción de teorías sobre la realidad, las relaciones con los otros, el desarrollo moral, o el progresivo conocimiento del mundo social. El propio término “programación” recuerda peligrosamente a su paso por el ejército estadounidense y a la tristemente famosa PNL®, modelo de comunicación interpersonal sin ninguna base científica que ha sido denunciado recientemente por el Aula Cultural de Divulgación Científica de la ULL.

 

 

LA TERAPIA DE LA AMENAZA

Como buen vendehumo, Gardner no perdió el tiempo: inmediatamente después de inventar su síndrome creó un supuesto método de terapia para tratarlo, que tampoco fundamentó en ningún estudio y que se convierte en el objetivo último del fatídico diagnóstico. A diferencia de cualquier otra terapia de las que conocemos, basada en trabajar en colaboración con el paciente para ayudarle a superar su sufrimiento, el abordaje del SAP se fundamenta en la llamada “terapia de la amenaza”. En pocas palabras, su supuesta terapia consiste  en la amenaza constante por parte de un terapeuta hacia la madre de un cambio permanente de la custodia y la restricción de contactos con el niño por parte de un juez. Por cierto, esta intervención la realiza el propio psicólogo que ejecuta el peritaje y sin secreto profesional, ambos comportamientos considerados violaciones a la ética profesional. Pero eso no pareció importar demasiado a Gardner.

 

Para su correcta aplicación, según Gardner, es necesaria una justicia dispuesta a enfrentarse a la instintiva tendencia de las madres “a luchar literalmente hasta la muerte para salvaguardar a sus descendientes”, lo que puede incluir reclusiones hospitalarias o en prisión para la madre y/o el hijo/a. Según el propio Gardner, “los terapeutas SAP deben sentirse cómodos amenazando a los alienadores como a los niños de que habrá consecuencias si violan el programa de visitas ordenador por el juzgado”. Espero que nunca tengan que toparse con nadie así, y menos con un psicólogo.

 

EL OBJETIVO DEL SAP

La creación de este síndrome por parte de Gardner no tenía el fin de conocer un fenómeno previamente investigado, ya que prácticamente no se apoyó en ninguna referencia que no fuera él mismo ni realizó ningún estudio empírico publicable. El SAP no es un “síndrome psicopatológico” diagnosticable. Más bien podríamos decir que se trata de un “síndrome legal”. Sólo se realiza en el ámbito de un litigio judicial, medicalizando la lucha por la custodia y la patria potestad en un proceso de divorcio.

 

Como ha sido denunciado reiteradamente, el SAP se mantiene en un contexto en que resulta funcional a los maltratadores para quitar valor al rechazo que sienten los hijos hacia el agresor. En lugar de estudiar las causas del rechazo del niño hacia su padre, se da por supuesto que existe una “programación” por parte de la madre. Si la madre niega la existencia de dicha programación, su negación es un síntoma de la existencia de SAP. No hay escapatoria. Aunque hoy se propone que no se utilice el famoso diagnóstico en casos de violencia de género, sigue siendo un arma para crear confusión y poner el foco de la sospecha sobre la parte a la que le ha sido asignada la patria potestad, fomentando la idea de que las madres provocan de forma habitual denuncias falsas de abuso sexual, algo que está completamente descartado hoy en día a partir de numerosos estudios (ver por ejemplo el publicado por el Grupo de Expertos y Expertas en Violencia de Género del CGPJ)

 

CONSECUENCIAS REALES DEL SAP

Aunque el SAP no tenía que haber entrado nunca al sistema judicial, hoy en día está cada vez más asentado. Podemos encontrar publicaciones de Psicología Jurídica dedicadas casi en exclusiva al famoso síndrome – que incluyen entre sus referencias bibliográficas las obras de Gardner, cuyas afirmaciones jamás demostró – o una Asociación Nacional de Afectados del Síndrome de Alienación Parental (ANASAP), que organiza congresos y busca que el síndrome sea reconocido como una VERDADERA Y REAL ENFERMEDAD MENTAL (así, en mayúsculas), con el fin de que uno de sus argumentos en un proceso judicial, y a veces el único, sea legítimo a los ojos de un juez.

 

EN CONCLUSIÓN

El SAP es una de las muestras más grotescas de cómo el uso del sistema categorial de trastornos mentales debe ser analizado concienzudamente. Aunque no existen evidencias de su existencia ni explicaciones plausibles de su etiología, la etiqueta ha sobrepasado fronteras y está resultando útil a diversos colectivos: psicólogos y psiquiatras especialistas en SAP que dan cursos, conferencias, realizan periciales y ejecutan sus “terapias de amenaza”, supuestos afectados que buscan que el estado apoye sus argumentos con el fin de obtener beneficios jurídicos y económicos, y un elenco de sexistas y misóginos obsesionados en mantener sus prejuicios ideológicos con argumentaciones legítimas, aunque estas sean completamente pseudocientíficas y estén basadas en un simple conjunto de supuestos síntomas cuyos “determinantes genéticos” se sostienen en una imagen del desarrollo del niño y de la psicología de las mujeres propia del siglo XIX. De este último grupo que hablaremos un poco más en el siguiente artículo sobre el Síndrome Post Abortivo.

 

Curso de SAP en el Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Oriental

 

Libro sobre SAP

Otro libro sobre el SAP

Y otro. Y hay más.

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Asociación Española de Neuropsiaquiatría (2010): Declaración en contra del uso clínico y legal del llamado Síndrome de Alienación Parental. [Disponible en http://www.aen.es/docs/Pronunciamiento_SAP.pdf]

Corsi, J. (2007): El síndrome de alienación parental o el peligro que entrañan las teorías pseudocientíficas como base de las decisiones judiciales. Revista Jurídica de Igualdad de Género, 2007, Nº1, pp. 73-77 [Disponible aquí]

Escudero A., Aguilar L., y De la Cruz J. (2008): La lógica del Síndrome de Alienación Parental de Gardner (SAP): “terapia de la amenaza”.  Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., 2008, vol. XXVIII, n.o 102, pp. 283-305 [Disponible en http://scielo.isciii.es/pdf/neuropsiq/v28n2/v28n2a04.pdf]

Gardner R.A., «Legal and Psychotherapeutic Approaches to the Three Types of Parental Alienation Syndrome Families. When Psychiatry and the Law Join Forces», Court Review, 1991, 28, 1.

González Pardo H. y Pérez Álvarez M. (2007): La invención de trastornos mentales: ¿escuchando al fármaco o al paciente? Alianza Editorial.

Grupo de expertos y expertas en violencia doméstica y de género del CGPJ. (2009). Estudio sobre la aplicación de la Ley integral contra la violencia de género por las Audiencias Provinciales. [Disponible aquí]

Vaccaro S. (2002): Nada nuevo bajo el sol. [Disponible aquí]

Wikipedia: Síndrome de Alienación Parental

 

NOTA: He utilizado expresamente un artículo de Jorge Corsi a sabiendas de que el autor está condenado por abuso de menores. Como es lógico, condeno absolutamente y sin paliativos su delito y es justo que cumpla su pena. Sin embargo, y siendo coherente con mis principios, creo firmemente que cualquier argumento debe analizarse en sí mismo y su validez no depende de quién lo plantea. Por ese motivo he entrado a analizar el SAP al margen de que Gardner fuera abiertamente un machista y se moviera por intereses empresariales, porque eso daría igual si sus planteamientos estuvieran bien fundamentados. Por eso y también por pura lógica rechazo frontalmente las argumentaciones ad hominem.

 

Los extraños poderes del efecto placebo

10 claves básicas para elegir un (buen) psicólogo

Una de las consultas que me hacen frecuentemente es cómo diferenciar a un buen psicólogo de uno que no lo es. Como es sabido, en psicología existen diferentes escuelas, algunas científicas y otras no, algunas con terapias que han demostrado ser eficaces y otras que no. Muchas personas se sorprenden al descubrir que pueden estar pagando sesiones a una persona que está aplicando “tratamientos” que no están reconocidos por ninguna universidad, o acudiendo a consulta con personas que no son realmente psicólogos. Voy a dar diez claves básicas (por eso del gusto que le tenemos a los decálogos) que a mi entender pueden ser útiles para decidir a qué psicólogo acudir y si vale la pena que sigamos en nuestra terapia actual.

1. ¿Realmente es psicólogo?: Puede parecer estúpido plantearlo, pero no todo el mundo que abre una consulta tiene un título oficial de psicología. Sí, esas cosas ocurren. Recuerda que en España no existe la profesión de “psicoterapeuta” o “terapeuta psicológico”. Cuando alguien utiliza estos términos, en muchos casos lo hace porque no tiene la formación necesaria para ejercer de psicólogo. De cualquier manera, la mejor garantía de que esa persona es un psicólogo titulado es que tenga bien visible el número de colegiado de alguno de los Colegios Oficiales de Psicología. Un profesional colegiado garantiza que tiene la titulación necesaria y que se acoge al Código Deontológico del psicólogo (un conjunto de normas de ética profesional. La más conocida es la del llamado “secreto profesional” pero hay muchas más. Puedes consultarlas aquí). La mayoría de los Colegios Oficiales de Psicología tienen directorios públicos de sus colegiados, por lo que no tienes más que entrar en la web del COP de tu zona y consultarlo (www.cop.es, apartado “Colegios”).

 

2. No sólo es necesario ser psicólogo para abrir una consulta: Una vez que has comprobado el número de colegiado, toca saber si tiene formación específica para ayudarnos con nuestro problema. En psicología hay varias especialidades, aunque sólo está reconocida la de Especialista en Psicología Clínica, necesaria para trabajar en la Sanidad Pública pero no en la clínica privada. Para trabajar en la privada hay que tener el título de Psicólogo General Sanitario. Tener ese título a la vista garantiza que la persona ha recibido formación clínica. Para la Psicología Educativa, Neuropsicología o Psicología Jurídica no hay ninguna titulación oficial, por lo que no está de más conocer si ha realizado formación de posgrado en estas subespecialidades (un Experto o Máster, recuerda que el Máster implica normalmente el doble de horas que un Experto).

 

 

3. Infórmate bien sobre el tipo de terapia que realiza: Comprobar que la persona que te atiende tiene la titulación necesaria para abrir una consulta o gabinete de psicología es lo mínimo para no ser víctima de un fraude. El siguiente paso es saber qué tipo de terapia realiza. No todas las terapias han demostrado ser efectivas, por lo que puede darse el caso de que encuentres a un psicólogo titulado que realiza un determinado tipo de tratamiento que no es eficaz para tratar un determinado problema. Seguro que a mucha gente le sorprenderá este punto, pero hay muchos profesionales que por haber recibido determinada formación o por gustos personales eligen realizar tratamientos sin evidencia, lo que supone a mi entender una vulneración del Art. 6 del Código Deontológico, que obliga al principio de “solidez de la fundamentación objetiva y científica de sus intervenciones profesionales”. Si quieres saber qué terapias han demostrado ser efectivas, aquí tienes un resumen de los tratamientos eficaces para niños y para adultos. Si quieres más información, puedes consultar este documento de la UCM. Pregúntale a tu psicólogo qué terapia realiza y qué evidencia hay de que su terapia es efectiva para un problema como el tuyo, cuántas sesiones durará aproximadamente y cómo será el método de trabajo. No te cortes, tienes todo el derecho a tener esta información, y si es necesario, pide referencias sobre el tipo de tratamiento que desarrolla.

 

4. Comprueba si en las primeras sesiones hay una evaluación, un diagnóstico y una propuesta tratamiento: Las terapias con evidencia científica comienzan con una evaluación del problema. Esta evaluación no debería llevar más de tres sesiones salvo excepciones (jamás debe superar las 5 sesiones, y eso debe estar absolutamente justificado. Pide explicaciones). Una vez realizada la evaluación, el psicólogo debe darte un diagnóstico del problema, que no necesariamente será el nombre de un trastorno (un trastorno es un conjunto de síntomas. Cuando una persona tiene todos esos síntomas le damos tal nombre, pero eso no nos da información de las causas que provocaron el problema y los factores que hacen que se mantenga a día de hoy. Por esta razón, muchas veces más que un nombre, el psicólogo te dará un diagnóstico del problema que llamamos “funcional”). Una vez tiene el diagnóstico, vendrá la propuesta de tratamiento. Tienes derecho de saber qué tipo de terapia va a utilizar e incluso a pedirle otras opciones de tratamiento. Asegúrate de que tiene formación en esas opciones (un psicólogo con un Máster en Psicoanálisis probablemente no tendrá la formación ni la experiencia para hacer Terapia de Aceptación y Compromiso, por ejemplo). Si no se cumple este procedimiento, pide explicaciones.

 

5. Número, duración y frecuencia de las sesiones. Pregunta cuántas sesiones serán necesarias aproximadamente. Normalmente, el número de sesiones necesarias para un tratamiento no superará las 20. Si es así, debe estar absolutamente justificado. Pide explicaciones. La duración media de una sesión es de 55 – 60 minutos. Hay terapias que hacen sesiones de 90 minutos. El tiempo de duración de una sesión no es un factor importante en la eficacia del tratamiento, pero en menos de 45 minutos es difícil realizar una terapia en condiciones. En la mayoría de los casos, las sesiones tendrán una frecuencia semanal. En casos excepcionales, y sólo durante las primeras sesiones, se podrá plantear una frecuencia de dos sesiones semanales. Si es así, pide explicaciones. Nos hemos encontrado profesionales que plantean más de dos sesiones por semana. Debes saber que los tratamientos con apoyo empírico no plantean en ningún caso más de dos sesiones semanales, así que si quieres pagarlas es tu decisión, pero eso no implica que el gasto extra se relacione con más eficacia o con resolver antes el problema. 

 

6. Qué NO es un tratamiento psicológico. Frecuentemente nos encontramos en consulta con personas que han ido a otros profesionales. Cuando les preguntamos qué hacían en las sesiones, nos cuentan que dedicaban el tiempo a hablar sobre lo que les pasa, y así hasta que se cansaron de ir. Los tratamientos psicológicos no consisten simplemente en hablar sobre lo que a uno le ocurre. Consiste en que el psicólogo explique cómo surgen las emociones, los pensamientos y los comportamientos desagradables y cómo afrontarlos y desarrollar una serie de técnicas para ello. Un dato importante: la mayoría de las personas se sienten mejor durante las primeras sesiones simplemente por hablar de su problema. No debes confundir ese alivio inicial con eficacia, ya que se disipará pronto. Es más, ir a consulta no siempre implica salir aliviado. A veces hay que enfrentarse a problemas duros para superarlos. Si tienes dudas sobre el proceso, pregunta siempre al psicólogo por qué hace lo que hace. Todo lo que un profesional hace en consulta debe estar justificado por la evidencia científica.

 

 

 

7. Tareas para realizar entre sesiones. La mayoría de las terapias eficaces proponen tareas para realizar entre sesión y sesión. Lo habitual será que te lleves indicaciones sobre cosas que debes hacer o algún registro o cuestionario que rellenar. Este es un buen indicador para diferenciar una terapia eficaz de una que no lo es. Si tienes dudas, pregunta.

 

8. Cómo es la relación psicólogo – paciente: Es lo que llamamos la relación terapéutica. La relación terapéutica no es una amistad, es una relación entre un profesional y una persona que busca ayuda, así que desconfía de los psicólogos que generan dependencia en sus pacientes. Obvia decir que las relaciones sentimentales entre un profesional y un paciente están completamente prohibidas. Es importante que te sientas a gusto con tu psicólogo y que confíes en él. A veces, por muchas razones que no necesariamente tienen que ver con “lo bueno o malo” que es el profesional o la terapia que realiza, uno no se siente a gusto con ese profesional. Si ese es el caso, busca a otro. No tengas problema en cambiar de psicólogo, es algo más habitual de lo que piensas, pero asegúrate de que cumple los requisitos planteados más arriba.

 

9. Tienes derecho a tener respuestas: pregunta, pregunta, pregunta. Tú has elegido libremente ir a un profesional y tienes el mismo derecho a dejar de ir. También tienes el derecho a tener a tu disposición toda la información sobre el profesional, la terapia y los procedimientos. Pregunta al psicólogo todo lo que necesites saber. Si tienes dudas, ponte en contacto con el Colegio Oficial de Psicología de tu zona. Estarán encantados de asesorarte, ya que esa es su función. Si llamas al Colegio para solicitar un profesional, no está de más que aún así te informes sobre las claves que te he planteado en este artículo.

 

10. Ejerce tus derechos. Si consideras que una persona está realizando publicidad engañosa por no tener un título oficial, tienes el derecho a denunciarle. Si consideras que un profesional de la psicología ofrece terapias engañosas, tienes el derecho a denunciarle. Si consideras que la forma de trabajar de un psicólogo no es correcta por alguna razón (la mayoría están recogidas en el Código Dentológico), tienes el derecho a denunciarle. Normalmente, la denuncia se hará en el Colegio Oficial de Psicología de tu zona, y no tiene coste económico alguno. Existe una Comisión Deontológica que se encargará del caso y aplicará sanciones si fuera necesario. Si consideras que el psicólogo ha violado la ley, entonces tienes el derecho a denunciarle también ante la justicia ordinaria. Pero no dejes de hacerlo también ante el propio Colegio Oficial, eso permite a los Colegios saber qué están haciendo sus profesionales y tomar medidas al respecto.

 

Llegados a este punto, y asumiendo que me dejo cosas en el tintero, tienes todas las claves que necesitas para elegir a un buen profesional. Como le dijo Gila al médico cuando le preguntó por los honorarios, “doctor, yo he venido aquí a resolver mi problema, no el suyo”. Espero que te sirvan. Si tienes alguna duda más, intentaré resolverla en los comentarios.

 

Los antidepresivos no funcionan mejor que el placebo: entrevista a Irving Kirsch (VOS)

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