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No sabes nada de conductismo

behaviourism

 

Comentario de una paciente a su psicólogo al finalizar la terapia:

“La razón por la que ahora mantengo esa relación íntima (se refiere a una relación de pareja) es que tú estuviste ahí conmigo. Es un cambio tan extraordinario… Si no hubiera sido por ti no la tendría. Aquí contigo ha sido la primera vez que me he encontrado en un lugar seguro para hablar de mis sentimientos y para encontrar razones por las que es deseable tener una mejor sexualidad. Hubo un periodo en el que me sentía más atraída por ti y tu aceptaste mis sentimientos. Aprendí que es mejor ser completa y sentir mi sexualidad que permanecer acorazada y vacía. Y eso lo practiqué aprendiendo a ser sincera contigo.”

Extraído del libro “Psicoterapia Analítica Funcional. Creación de relaciones terapéuticas intensas y curativas” de de Robert J. Kohlenberg y Mavis Tsai (1991).

 

Y todavía hay quien piensa que el conductismo es sólo palomas y cajas de Skinner. Eso sí: los principios son los mismos.

La “viagra femenina” no es la solución a la falta de deseo sexual

Saben que la FDA ha aprobado –después de haberla rechazado en dos ocasiones –  la comercialización de Addyi, un fármaco cuyo principio activo es la flibanserina. Según sus fabricantes, el laboratorio Boehringer Ingelheim, este principio actúa sobre algunos neurotransmisores (activando los receptores de serotonina e inhibiendo los de dopamina) aumentando el deseo sexual, aunque las pruebas hablan de una eficacia sólo un poco superior al placebo y con efectos secundarios como mareos, somnolencia, fatiga, insomnio y sequedad en la boca que afectan a más del 10% de las mujeres.

Hoy hemos estado hablando en Twitter sobre las consecuencias de la comercialización de una pastilla como esta. En primer lugar, se trata de un tratamiento farmacológico para un trastorno sexual recogido en el DSM (manual de referencia en el diagnóstico de los “trastorno mentales”) como “Trastorno del deseo sexual hipoactivo”. Se asume de entrada que existe una enfermedad o trastorno en la persona, y que el fármaco actúa para disminuir los efectos de dicha enfermedad. Por razones más económicas que científicas, ese modelo farmacológico impera en salud mental aunque no se corresponde con lo que sabemos sobre la adquisición y mantenimiento de conductas, adolece de pruebas y provoca graves consecuencias.

 

Ya no hay excusa para que no le apetezca, pensarán algunos.

Ya no hay excusa para que no le apetezca, pensarán algunos.

 

LA FALTA DE DESEO SEXUAL COMO ENFERMEDAD

La primera de ellas, y de la que nacen todas las demás, es que este trastorno (o cualquier otro) se concibe como el conjunto de síntomas de una alteración interna de la persona, generalmente del sistema nervioso. Se asume que esa alteración existe, aunque no se haya encontrado un claro marcador biológico para ninguno de los trastornos mentales recogidos en los manuales DSM y CIE. Se supone que existen, pero después de décadas de estudios, solamente contamos con un puñado de correlaciones (como que cuando la persona está triste, se observa una actividad reducida en el cortex prefrontal ventromedial, entre otras ). Ninguna alteración clara que permita distinguir a un organismo normal de uno “enfermo” o “alterado”.

Una de las razones principales de esto es que el sistema nervioso (nos referimos a él en la medida que se asume cada vez más que la conducta es producto del cerebro, algo creado por este como causa última) va cambiando con la experiencia. Los procesos de plasticidad neuronal, provocan que el sistema nervioso se modifique a medida que interactuamos con el entorno, lo que convierte a la medida neurofisiológica en variable dependiente de la interacción entre la persona y el contexto. Esto implica que tanto la aparición de la alteración neurológica como la de una conducta específica son generalmente producto de otras causas, que provoca tanto la conducta normal como la anormal.

Por tanto, ni siquiera aunque se encontrara una alteración neurofisiológica clara se podría decir que el “síntoma” de la persona es consecuencia de esa alteración cerebral. Simplemente estamos considerando que ciertas conductas son disfuncionales por otros motivos que nada tienen que ver con el cerebro. Entonces, si el fármaco no actúa sobre la “causa cerebral” del problema, ¿qué es lo que hace?

 

La enfermedad mental se concibe como un trastorno del cerebro y/o la mente.

La enfermedad mental se concibe como un trastorno del cerebro y/o la mente.

 

SUSTANCIAS QUE PROVOCAN EFECTOS PSICOACTIVOS

No hace falta explicar que los fármacos no son sustancias que uno introduce en su cuerpo que se dirigen exclusivamente a la diana sobre la que queremos que actúen, sino que se propagan por todo el organismo provocando diversos efectos. Cuando esos efectos producen cambios considerados beneficiosos (bajan la fiebre, eliminan una bacteria, reducen del dolor) que son superiores a los no deseados, a los producidos por un placebo y con pruebas de su seguridad, entonces puede salir al mercado.

Si el efecto principal de ese fármaco es el de producir efectos estimulantes, deprimentes, narcóticos o alucinógenos, entonces podemos denominarlo “droga”, aunque esta palabra esté tan cargada de tintes peyorativos que genera en muchas personas un rechazo instantáneo. Los psicofármacos son siempre drogas en ese sentido, sustancias que producen multitud de efectos en el sistema nervioso (y otros sistemas), algunos de los cuales interesan especialmente. Llegados a este punto, podemos decir que Addyi es un fármaco (o droga) que produce una gran cantidad de efectos, entre ellos el de aumentar en algunas mujeres el deseo sexual (bastante poco, por cierto: un aumento de 0’5 a 1 encuentros sexuales satisfactorios más frente al aumento de 0’3 a 0’4 que se relaciona con el placebo).

El problema es que el bajo deseo sexual no es una enfermedad en sentido médico. No es un “síntoma” de una alteración biológica, sino una respuesta que en muchos casos (salvo una enfermedad real o el consumo de un fármaco que reduzca el deseo sexual, como ocurre frecuentemente con los antidepresivos) aparece ante la falta de reforzadores en la vida de la persona, ya sean sexuales o de otro tipo. Los problemas de pareja, las malas experiencias en las relaciones sexuales, la falta de una estimulación adecuada y suficiente, pero también la pérdida del empleo, la muerte de un familiar cercano o un exceso de estrés derivado de una acumulación de tareas laborales y domésticas son causas habituales del bajo deseo sexual. El deseo sexual hipoactivo es consecuencia mayoritariamente de variables que encontramos en la interacción de la persona con el contexto, no de una enfermedad biológica subyacente que nunca ha sido encontrada.

 

¿No te apetece? Entonces estás enferma y necesitas tratamiento.

¿No te apetece? Entonces estás enferma y necesitas tratamiento.

 

EFECTOS COLATERALES DEL FÁRMACO NO CONTEMPLADOS

En este caso, un fármaco (por muy eficaz que fuera y muy pocos efectos secundarios provocara) no sería el tratamiento de elección salvo para unos pocos (aunque también importantes) casos en los que la causa del bajo deseo sexual ha sido identificada en el organismo de la mujer, como una enfermedad grave de cualquier tipo (oncológica, genital u hormonal, por ejemplo). En el resto de casos, la pastilla sería un tratamiento sintomático del problema que no incidiría en las causas, lo que podría retrasar que se abordaran eficazmente. La falta de deseo sexual puede ser indicador de un problema de pareja que hay que resolver, y su eliminación podría prolongarlo innecesariamente.

Creo hay bastantes razones con lo expuesto hasta ahora para dudar de que la “viagra femenina” sea algo tan revolucionario como nos lo están queriendo vender sus fabricantes. Más bien, parece una nueva campaña de marketing de la industria para recuperar la enorme inversión que supone sacar al mercado un nuevo producto. Pero no sólo podría estar dificultando y demorando el tratamiento efectivo de las causas del deseo sexual hipoactivo.

La mayoría de la gente comparte los modelos anatomopatológico y farmacológico de los trastornos mentales que se encuentra en la base de los trastornos mentales tal y como se conciben en los manuales DSM y CIE, y es a partir de estos esquemas como se entiende la salud y la “enfermedad” mental. La gente piensa (tal y como se transmite machaconamente) que se ha encontrado el tratamiento de una enfermedad como si se tratara de la cura del ébola o del cáncer de páncreas, algo que sufre la persona en su interior sin saber muy bien cómo y que es remediado por el fármaco.

Esto convierte a las mujeres con “trastorno del deseo sexual hipoactivo” en enfermas, es algo que les pasa a ellas y que hay que “curar” con el fármaco. Sería incluso una irresponsabilidad y una desconsideración hacia la pareja que no lo tomara si fuera realmente eficaz y seguro. Me estoy imaginando ya a un buen número de mujeres acudiendo a su médico de cabecera para que le receten el fármaco que “cura” su “enfermedad”. Creo que no es necesario explicar las terribles consecuencias de estas creencias en la vida de las mujeres. Mi experiencia (algo que sólo sirve como ejemplo) me dice que muchas mujeres se estarán riendo al escuchar hablar de un fármaco como este. Pero también que otras muchas verán en este fármaco una “solución” a uno de sus problemas sin tener que enfrentarse a la dolorosa tarea de actuar para cambiar sus causas.

NOTA: Para conocer en detalle en cómo funciona la flibanserina, su historia, los estudios al respecto y todo lo demás, no dejen de consultar este fabuloso artículo de Javier Padilla.

Los libros nos enseñan aunque no sean de autoayuda

Ha pasado ya más de un año desde que se publicó “Los libros de autoayuda, ¡vaya timo!” A lo largo de este tiempo me han escrito muchas personas para contarme su satisfacción con él y para expresarme dudas y algunas críticas a las que me parece interesante responder. Publicar todas las respuestas en un mismo artículo es demasiado, así que iré publicando cada tema por separado. Me gustaría empezar por un asunto sobre el que he hablado con algunas personas que han leído el libro y que quiero aclarar, y es si los libros nos “enseñan”.

Los libros nos permiten volar con la imaginación

Los libros nos permiten volar con la imaginación

Una de las preguntas que más veces me han hecho es si pienso que ningún libro de autoayuda sirve realmente para ayudar a cambiar el comportamiento, como si eso no fuera posible porque los libros no tienen ese poder, esa capacidad de producir un cambio. Parece que no he sabido explicar este asunto con suficiente claridad. Por supuesto que los libros pueden hacer que cambiemos nuestra forma de actuar, pensar o sentir en relación a una circunstancia concreta o ante un tipo de circunstancias, pero esto hay que analizarlo cuidadosamente.

Está claro que leer permite aprender ideas y conceptos, cambiar nuestra forma de comportarnos ante determinadas situaciones y reforzar ciertas creencias por encima de otras. Los avances que se han realizado en el estudio de la conducta verbal, el seguimiento de reglas, las relaciones de equivalencia y la transformación de funciones, nos están permitiendo entender cómo se aprende y se va modificando una forma de estar en el mundo que es absolutamente individual. Eso no quiere decir que no compartamos con otras personas una forma de responder ante una situación o un estímulo, al contrario: la inmensa mayoría de esas conductas serán compartidas con otras personas, porque es interactuando con otras personas como  las aprendemos.

Ningún género literario promete cambiarte la vida, excepto la autoayuda

Ningún género literario promete cambiarte la vida, excepto la autoayuda

El problema es que los libros de autoayuda proponen una misma solución para todo el mundo, una forma de responder que es supuestamente útil o eficaz al margen de nuestra propia historia. ¿Es posible que a algunas personas les pueda servir la solución que proponen? Sí, para su problema concreto en unas circunstancias concretas, que pueden compartir con otras personas. Pero para eso, un libro de autoayuda debería escribirse bajo el conocimiento de cómo se comportan las personas que comparten una misma historia y un mismo contexto en alguna medida, y demostrar que su lectura o la puesta en práctica de las técnicas que nos propone han demostrado ser efectivas para lo que prometen. Si no es así –que es lo que ocurre siempre con estos libros– lo que se hace es “tirar barro a la pared a ver si pega”, como hace cualquier terapia alternativa sin aval científico. No son un timo porque no puedan cambiar a las personas, lo son porque no demuestran que sirven para lo que dicen que sirven.

Pero es que, además, los libros de autoayuda no sólo actúan sobre lo ya aprendido, sino que también construyen nuevos aprendizajes que condicionan el comportamiento, como ocurre con cualquier producto cultural. Incluso es posible que menos ya que cada vez leemos menos libros y dedicamos más tiempo a ver películas, escuchar canciones y leer en internet, lo que no es ni malo ni bueno en sí mismo. Es posible que esos aprendizajes ayuden a algunas personas a resolver problemas, y es posible que a otras no.

Los libros también pueden enseñarnos a responder de una forma ante un estímulo nuevo con el que no habíamos tenido contacto en el pasado, o a hacer que un estímulo que hasta ahora nos resultaba agradable se vuelva desagradable. El contacto directo con la realidad es más efectivo que un libro, no cabe duda, aunque los libros también “enseñan”.

¿Los libros pueden "cambiar a la gente"? Sí, en determinadas condiciones.

¿Los libros pueden “cambiar a la gente”? Sí, en determinadas condiciones.

Pero también ocurre con frecuencia que un libro no cambia nada relevante en la persona, bien porque choca frontalmente con sus creencias (aunque aún así podría persuadir, como expliqué en este artículo), bien porque sus “enseñanzas” no puedan ser llevadas a cabo en la realidad porque la historia de aprendizaje de la persona y las circunstancias no lo permiten. En ese caso, el libro pasa sin pena ni gloria, provocando en algunos casos un cierto alivio temporal que lo convierte en reforzante y aumenta la probabilidad de que la persona empiece a leer uno tras otro buscando más esa sensación que una solución real, algo que (por cierto) también ocurre en las consultas de psicología. Quizá la diferencia entre los libros de autoayuda y las terapias psicológicas estriba en que un psicólogo (o al menos el que se dedica a la psicología científica aplicada) realiza un análisis de las variables que causan la conducta de esa persona en concreto e interviene sobre sobre ellas con conocimiento de lo que hace.

De cualquiera de estas maneras, los libros provocan aprendizajes y lo hacen mediante el lenguaje, que permite una rápida transformación de funciones, aunque no siempre es efectiva ni siquiera “neutra”. Eso es un hecho innegable que debí explicar claramente en el libro. Eso sí: los libros de autoayuda ni son mejores que otros libros u otros productos culturales. Coelho no tiene nada que hacer si lo comparamos con “The Big Bang Theory” o “House of Cards”.

Espero haber clarificado este asunto. En el siguiente artículo hablaré de las alternativas a los libros de autoayuda.

Andreas Lubitz y los límites de la psiquiatría

Un hombre decide suicidarse matando al mismo tiempo a otras personas. Puede ser el copiloto de un avión que hace colisionar deliberadamente el aparato contra unas montañas en Los Alpes o una persona que hace estallar una bomba en medio de una manifestación en Afganistan. El resultado es el mismo: el suicida acaba con su vida y con la de otras personas. Ambos acontecimientos son igualmente espeluznantes pero, ¿son comparables?

Los ataques suicidas ocurren con frecuencia lo suficientemente lejos como para no preocuparnos demasiado por ellos. Asumimos que se trata de fanáticos a los que les han “lavado el cerebro” hasta convencerles de que su “lucha” vale más que su propia vida, y a otra cosa, mariposa. En pocos casos se sigue tirando el hilo, y cuando se hace, las especulaciones suelen llevarnos en la mayoría de los casos a indagar sobre las circunstancias que provocaron eso que llamamos “fanatismo”.

Andreas Lubitz

Andreas Lubitz

Algo parecido ocurrió después del atentado contra Charlie Hebdó. Se habló de que los hermanos Kouachi sentían un “deseo de venganza por el sufrimiento de los países musulmanes […] y un sentimiento de desarraigo y ‘marginación’ en Francia”. También se apuntó hacia la pobreza como el caldo de cultivo del yihadismo en ese país. No recuerdo haber escuchado a ningún psiquiatra en ningún medio explicando las causas del atentado, como tampoco les vemos cuando se trata de un suicida bomba. Periodistas y editores dan por sentado –con buen criterio– que la mejor forma de explicar ese comportamiento es conociendo bien la historia de vida de la persona y el contexto en el que se desarrollaron los hechos, porque es ahí donde está la clave del asunto.

Sin embargo, cuando se trata de un varón blanco al que no se le suponen intenciones terroristas, nos quedamos estupefactos y damos por hecho que la causa de ese comportamiento tiene que venir de un funcionamiento anómalo del cerebro de esa persona. Hay algo raro en su mente, ese agujero insondable del que nadie sabe nada excepto los psiquiatras, y son ellos los que van a darnos una explicación.

LAS “EXPLICACIONES” PSIQUIÁTRICAS AL CASO DE ANDREAS LUBITZ

Las tragedias como la del avión de Germanwings, donde la causa se encuentra en un acto deliberado de una persona, nos llevan a preguntarnos cómo es posible que alguien sea capaz de hacer algo así. Aparecen entonces supuestas explicaciones que van desde las humillaciones a las que muchas personas y grupos se ven sometidas como consecuencia de las políticas neoliberales hasta los socorridos problemas de autoestima, sospechosos habituales en estos casos. Pero ninguna de estas explicaciones es suficiente dado que muchas personas sufren las consecuencias nefastas de estas políticas y muchas otras tienen problemas de autoestima, y es evidente que la práctica totalidad de ellas no se suicidan llevándose por delante decenas de vidas inocentes.

Para ello, los psiquiatras tienen sus propias explicaciones: los trastornos mentales. Según el modelo biomédico imperante en la psiquiatría, los trastornos mentales son enfermedades cerebrales causadas por un desequilibrio de neurotransmisores, anormalidades genéticas y defectos en la estructura y funciones del cerebro. Estos trastornos se pueden diagnosticar con unos métodos de los que dispone la psiquiatría y se pueden tratar con unos fármacos que actúan contra esos desequilibrios. Así es como conciben la mayoría de psiquiatras los trastornos mentales, y así es como se los han explicado  a otros médicos, a los psicólogos, a los pacientes, a los periodistas y al público en general.

Bienvenido al mundo de las etiquetas

Bienvenido al mundo de las etiquetas

Lo primero que hicieron los medios cuando se supo que el accidente había sido provocado fue buscar los antecedentes psiquiátricos de Lubitz y llamar a los psiquiatras para esclarecer el asunto. Había que saber qué alteración cerebral le había llevado a cometer semejante barbarie. El primer diagnóstico fue “depresión severa”, que ya había sufrido anteriormente en 2009. Se supone que eso explicaría el suicidio, pero no que lo hiciera matando al resto del pasaje. Entonces se empezó a especular que también sufría “ansiedad”, “ataques de pánico”, y “rasgos psicóticos”.

Algunos psiquiatras se dieron cuenta de que estas “explicaciones” no hacían más que ahondar en la estigmatización de las personas que sufren problemas psicológicos, y optaron por hablar de “trastorno narcisista”, del “síndrome de estar quemado” o de que, simple y llanamente, Andreas Lubitz era una mala persona (o mejor “personalidad de tipo maligno” o “psicópata”). Otros medios optaron por hablar de “una patología mental muy oculta” y no levantar la liebre con ninguna etiqueta. ¿Por qué es tan difícil encontrar el diagnóstico exacto que explique a la conducta de Andreas Lubitz?

LOS LÍMITES DE LA PSIQUIATRÍA

Lo que hemos presenciado estos días en los medios es la constatación de una serie de hechos, como que hoy en día no es posible predecir el comportamiento de una persona en el futuro de manera suficientemente fiable. Confiamos en los test de personalidad, los cuestionarios y las entrevistas, pero la realidad es que ninguna de estas técnicas proporciona la información suficiente para poder predecir cómo será el desempeño de una persona en el futuro. Por este motivo, cualquier informe psicológico indica siempre que las conclusiones sólo son válidas para el momento en el que se hace el estudio, asumiendo que varios meses después ya no sirven de mucho.

Si la capacidad productiva de los test es limitada, de los diagnósticos mejor ni hablamos

Si la capacidad productiva de los test es limitada, de los diagnósticos mejor ni hablamos

Y si las técnicas de las que he hablado (todas ellas psicológicas, no psiquiátricas) son insuficientes para predecir el comportamiento, no hablemos ya de de los diagnósticos psicopatológicos que se realizan en psiquiatría. Si te preguntas por qué, quizá deberías saber algo sobre estos diagnósticos:

  • No conocemos las causas biológicas de ni uno sólo de los trastornos mentales que aparecen en los manuales de diagnóstico. Ni siquiera un marcador biológico inequívoco que permita un diagnóstico. Por eso los psiquiatras no realizan a sus pacientes resonancias, análisis ni ninguna prueba que permitiera identificar esos marcadores (un problema en la estructura cerebral, un desequilibrio químico, etc.). La etiqueta la pone el psiquiatra cuando valora que la persona cumple una serie de síntomas.
  • Los psicofármacos no son específicos ni corrigen ningún desequilibrio químico: ni se ha probado que existan esos supuestos desequilibrios químicos ni que los fármacos los “corrijan” de alguna forma, lógicamente. El efecto de los fármacos dista mucho de ser específico y de tratar la causa de ninguno de los trastornos. Tampoco son más seguros y más eficaces que los que se usaban hace medio siglo.
  • A pesar los supuestos avances en la psiquiatría, cada vez hay más personas con problemas de salud mental y estos se han vuelto más crónicos y más graves: Cada día escuchamos hablar de los avances de la neurociencia, de la psiquiatría, de nuevos fármacos, y sin embargo eso no ha impedido (ni va a impedir) que cada vez haya más personas con problemas de salud mental. Tampoco que el número de diagnósticos posibles se haya disparado ¿Y si realmente estos avances no han sido tales?
  • Los problemas con la estigmatización de las personas con diagnósticos de trastornos psicopatológicos no se han solucionado tratándolos como “enfermedades cerebrales”: ya hemos visto lo que ha pasado con el caso de Andreas Lubitz y lo poco que tardaron el salir los psiquiatras a negar el diagnóstico de depresión por los efectos que tendría para los pacientes con ese diagnóstico.
  • La industria farmacéutica ha disminuido drásticamente sus esfuerzos por desarrollar nuevos fármacos debido a la falta de dianas moleculares específicas y al fracaso de muchos compuestos para conseguir efectos por encima del placebo.

Los diagnósticos de trastornos psicopatológicos (todas esas etiquetas que escuchamos continuamente en boca de psiquiatras, psicólogos y otros profesionales) están en tela de juicio desde hace tiempo. Los límites de la psiquiatría son los del modelo biomédico en el que se asienta, que decide qué es enfermedad y qué convierte situaciones normales en patológicas (el fenómeno del disease mongering) con la participación de la industria, los profesionales sanitarios y las instituciones. El actual modelo en salud mental no nos aporta ninguna explicación sobre el sufrimiento humano ni sobre el comportamiento de las personas. Por este camino, no vamos a acercarnos nunca a explicar cómo llegó Andreas Lubitz a cometer un acto tan atroz ni seremos capaces de prevenir que vuelva a pasar.

Yo tampoco tengo la respuesta, pero quizá sería más interesante seguir indagando sobre su vida y su comportamiento buscando posibles causas en lugar de ponerle nombres suntuosos a supuestos fenómenos mentales-cerebrales que sólo sirven para ocultar nuestra vergüenza:  la que sentimos al admitir que sabemos mucho menos de lo que se cree sobre el comportamiento humano.

El peligro de la ‘psicologización’ de la violencia contra las mujeres

Muchas de las mujeres que acuden a una consulta de psicología sufren o han sufrido alguna vez agresiones por parte de parejas, hermanos o padres. Es algo tan habitual que indagar sobre una posible situación de este tipo se convierte en necesario a la hora de realizar la evaluación inicial de los problemas de cualquier mujer que acude a la consulta.

 

La lucha que los movimientos feministas han desarrollado durante décadas contra esta lacra ha conseguido que hoy en día las instituciones públicas hayan asumido su parte de responsabilidad, y esto es sin duda alguna un éxito enorme. Sin embargo, está claro que todavía queda mucho trabajo por delante, y eso lo comprobamos continuamente los profesionales que trabajamos con el sufrimiento de la gente.

 

Los movimientos feministas han jugado un papel fundamental en la lucha contra la violencia contra las mujeres

Los movimientos feministas han jugado un papel fundamental en la lucha contra la violencia contra las mujeres

 

A pesar de las campañas de sensibilización y concienciación que se vienen realizando desde hace años, sigue siendo habitual encontrar en la consulta a mujeres que vienen a buscar ayuda para reducir su malestar sin asumir (o sin querer asumir, en algunos casos y por razones de peso) una relación directa con estas situaciones de violencia que se dan o se han dado en sus vidas. Tengamos en cuenta que, en muchas ocasiones, aceptar la existencia de maltrato supone tener que abandonar el hogar y concluir una relación que ha durado muchos años y en la que se ha invertido mucho tiempo, ilusiones y esfuerzos.

 

Esta aparente disociación entre el malestar y las situaciones de violencia que encontramos constantemente indica dos cosas. Por una parte, que todavía hace falta mucho trabajo de concienciación en la lucha contra la violencia machista. Una década después de la aprobación de la necesaria Ley 1/2004, de 28 de diciembre, de medidas de protección integral contra la violencia de género, parece claro que los esfuerzos invertidos no han sido suficientes. Con este panorama, es necesario seguir investigando las causas de la violencia para dar con medidas más efectivas para reducirla.

 

Por otra parte, resulta preocupante la “psicologización” de los problemas, esa tendencia a buscar las causas del sufrimiento en los propios pensamientos y emociones de la persona, como si buena parte del mismo no tuviera que ver también con otras causas sociales, culturales y económicas. La multifactorialidad es la norma cuando hablamos del malestar humano, pero cada vez resulta más frecuente que se acuda a una consulta de psicología con el fin de solucionar problemas cuya causa no es psicológica, o no completamente.

La intervención psicológica es muy útil para las víctimas, pero no reduce la incidencia de la violencia machista

La intervención psicológica es muy útil para las víctimas, pero no reduce la incidencia de la violencia machista

 

En este sentido, las situaciones de violencia y desigualdad son las más claras: personas que sufren acoso laboral, mujeres víctimas de la violencia machista, parados de larga duración que buscan reducir la ansiedad y la preocupación de no poder llegar a fin de mes. La psicologización tiene consecuencias desastrosas cuando lleva a la persona a no identificar las causas reales de su sufrimiento y a pensar que la causa de sus problemas está “dentro” de sí misma, convirtiéndola en la única responsable tanto de este sufrimiento como de su solución.

 

Los responsables de esta tendencia a la psicologización son muchos y variados, e incluyen tanto a los propios psicólogos cuando reducen la explicación de cualquier fenómeno a factores individuales, como a ese gran mercado de libros de autoayuda, coaches, promotores de la Nueva Era y el bienestar individual que se empeñan en buscar las causas y soluciones de todo lo que nos ocurre en la vida en nuestra “actitud” y en el desarrollo de nuestras “potencialidades”. Una cosa es atender a la consecuencias psicológicas de situaciones objetivas injustas y estresantes y otra muy distinta es olvidar las causas sociales de los problemas individuales.

 

La violencia machista, al igual que otros fenómenos sociales, no se reduce con psicólogos, terapias ‘buenrollistas’ y talleres de conciencia plena y desarrollo personal. No se trata de un déficit de “inteligencia emocional” ni se puede asumir, a la vista de los resultados, que se pueda reducir solamente con campañas de concienciación y apelando al cambio individual. Si existe una salida real, esta tendrá que pasar necesariamente por conocer bien las múltiples causas del fenómeno y abordarlas desde las instituciones públicas, y para ello es necesaria más investigación y un mayor compromiso político. De otra manera, seguiremos apagando el fuego cuando aparece en lugar de prevenirlo, y esa no es ninguna solución.

 

NOTA: He utilizado conscientemente los términos ‘violencia machista’, ‘violencia contra las mujeres’ y ‘violencia de género’ como intercambiables, ya que el fin de este artículo no es decidir cuál es la mejor forma de nombrarla  sino atender al problema de la psicologización en este y otros fenómenos sociales.

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