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La escandalosa falta de rigor de la psicología en los medios de comunicación

NOTA: Este artículo es la respuesta que la profesora María Xesús Froxán ha enviado al diario El País para responder a otro titulado Si sancionas a tu hijo, asúmelo: no es una consecuencia, es un castigo publicado en este mismo medio. Como no ha sido publicada por el diario y ella no tiene blog, la reproduzco o aquí para que todas las personas que lo deseen puedan tener acceso a ella.

 

CARTA AL DIRECTOR DE EL PAÍS

 

Escribo en relación al artículo firmado por Olga Carmona, psicóloga y experta en Psicopatología Intanto-Adolescente y publicado en elpais.com el 19 de junio de 2018, con el título “Si sancionas a tu hijo, asúmelo: no es una consecuencia, es un castigo”. He de reconocer que el artículo me quitó el sueño, por dos razones principales: estar escrito por una psicóloga y no por el pollero de la esquina (con todos mis respetos para los polleros, pero que no tienen por qué saber nada de psicología) y por estar publicado en un periódico de prestigio como El País, y no en el boletín del barrio. Al margen de la opinión personal que dicho artículo me pueda suscitar (un reflejo claro del “buenismo” que impera en la sociedad actual), mi crítica se fundamenta en los enormes errores conceptuales y teóricos en que incurre. Como no se trata de dar una clase de aprendizaje asociativo ni de modificación de conducta, para eso están las facultades de Psicología, voy a ser sintética y a señalar algunos de los errores más graves, remitiendo al lector interesado (y a la propia autora del artículo, si es que tiene interés) a los múltiples manuales escritos por especialistas en el tema y que pueden consultar en cualquier programa de las respectivas asignaturas del grado de Psicología.

Comenzamos por el título:…”asúmelo: no es una consecuencia, es un castigo”. ¿Y cuál es el problema? Un castigo es un procedimiento de aprendizaje operante que consiste en la reducción de una respuesta (su frecuencia, intensidad, probabilidad de aparición futura) tras la aplicación de un estímulo. Es decir, un castigo no es ni bueno ni malo, igual que un refuerzo tampoco lo es (cuidado, no confundir con “premio”) sino que ambos se miden por el efecto que tienen sobre la respuesta a la que siguen. En el artículo se confunden una y otra vez los términos coloquiales, del lenguaje natural, con el significado técnico de dichos términos. Y eso puede ser admisible en un lego en la materia (al igual que los que no son físicos confunden a menudo el peso con la masa) pero no lo es en absoluto por una profesional de la disciplina.

 

El término “consecuencia” también se utiliza de modo inadecuado, porque se confunde “estímulo consecuente”, utilizado para identificar al estímulo que sigue a la respuesta (no que se deriva, está causado o provocado por ésta) con el significado del término en su uso natural, no técnico. El castigo nunca puede ser una consecuencia porque es un procedimiento de aprendizaje asociativo operante y las relaciones operantes nunca son causales, sino probabilísticas: es decir, una respuesta puede ser seguida con cierta probabilidad (el término exacto es relación de contingencia) de un estímulo consecuente y dicha probabilidad depende de la cantidad de veces que el experimentador, educador, padre, madre o azar hagan aparecer tal estímulo. Y si esa aparición hace que disminuya en un futuro la probabilidad de ocurrencia de la respuesta a la que sigue, es entonces cuando hablamos de castigo. Por lo tanto, claro que el castigo no es la consecuencia natural de una respuesta, no podría serlo jamás; primero, porque es un procedimiento que se denomina como tal por su efecto sobre la respuesta a la que sigue (reducción, eliminación); segundo porque es un procedimiento operante y ello implica que no hay relaciones causales entre estímulos (antecedentes o consecuentes) y respuesta; y tercero, porque la relación de contingencia (probabilidad) entre estímulo y respuesta la decide el aplicador del estímulo que queremos que funcione como castigo (ya sea en el ámbito experimental, educativo, familiar…).


R+

Volviendo al inicio, el castigo no es malo ni bueno, sino que depende del estímulo que hagamos seguir a la respuesta que queremos eliminar. Es más, diremos que el castigo es “bueno” cuando es eficaz, es decir, cuando consigamos nuestro objetivo. Y sería “malo” cuando no nos sirva para el objetivo buscado. Un castigo eficaz (bueno) podría ser la ceja que levantaba mi madre cuando de pequeña me abalanzaba sobre la fuente de pasteles (y tan eficaz que ahora que ya no está ella sigo sin abalanzarme, mi madre consiguió enseñarme muy bien). Otra cosa distinta es que el objetivo buscado sea indeseable o que el estímulo que se utiliza para castigar sea éticamente inadmisible (doloroso, emocionalmente aversivo, etc.) Y cualquier especialista en modificación de conducta nos alertaría para no cometer esos graves errores. De nuevo me remito a los manuales especializados, donde se describen minuciosamente los problemas que se pueden derivar de un uso inadecuado del procedimiento de castigo y de cómo solucionarlos.

 

Que el castigo puede producir reacciones emocionales adversas es un hecho, pero no necesariamente malo. A nadie le gusta que le frustren ni que le impidan hacer cosas que quiere. A un niño pequeño le puede gustar acercarse peligrosamente al fuego o a un precipicio, o puede disfrutar quitándole los juguetes a su hermano; en el mismo sentido un adulto puede pasárselo muy bien conduciendo a doscientos por hora o pegándose con el primero que le lleva la contraria. Todos estaríamos de acuerdo en que son conductas que sería mejor que no ocurriesen. Pero la pregunta que nos tenemos que hacer es cómo conseguirlo. A un niño preverbal no se le puede explicar lo malo que es algo. Las palabras no son otra cosa que estímulos condicionados que han adquirido su significado por asociación con el objeto-evento que designan, lo cual nos mete de lleno en el otro proceso de aprendizaje asociativo, el condicionamiento pavloviano, distinto pero indisolublemente unido al aprendizaje instrumental u operante; pero para que las palabras lleguen a adquirir su significado tiene que ocurrir toda una historia de aprendizaje. Y para que esas mismas palabras, ya dotadas de significado, lleguen a adquirir control sobre una conducta, tienen que ocurrir todavía más ocasiones de aprendizaje donde éstas se han asociado a hechos. Llegar a aprender a seguir normas (tener control verbal) es un proceso que ocurre muchas veces de manera natural y en el que intervienen necesariamente procesos operantes, tanto de refuerzo como de castigo, que usamos de manera intuitiva y, por ello, muchas veces dan lugar a problemas. Pero no se puede confundir la aplicación inadecuada de un procedimiento con la eficacia del proceso que lo explica. Cuando el castigo surge del enfado, de la venganza o de la frustración, no estamos castigando, estamos desahogándonos, y esos sí que es un mal procedimiento (malo en todos los sentidos, desde el punto de vista ético y como procedimiento de cambio). O cuando aplicamos castigos para conseguir objetivos éticamente incorrectos o en nuestro propio beneficio, también estamos haciendo un uso indebido del castigo.

Tenemos muy reciente el caso de La manada y el clamor popular porque la pena aplicada no se consideraba suficiente. Y la pregunta es ¿suficiente para qué? Evidentemente no se estaban castigando sus acciones, porque éstas ya habían ocurrido y por tanto el daño estaba hecho. ¿Qué habría que hacer entonces, no habría que hacer nada? ¿Quizás explicarles que se habían portado muy mal, con el objetivo de que lo comprendan y que no lo vuelvan a hacer? Las explicaciones acerca del comportamiento de las personas no hay que buscarlas en el ámbito de las razones, sino de las contingencias de reforzamiento. Pero no vamos a entrar aquí en ese tema. El caso es que esos individuos cometieron una serie de delitos y se les aplica una pena. Para muchas personas puede ser para que sufran (y no sería castigo), para otras venganza (y tampoco lo sería) y para algunas será una forma de que otras personas aprendan de manera indirecta que a una acción incorrecta le sigue una sanción. Si esa sanción consigue disminuir el comportamiento de abuso sexual en otros miembros de la sociedad, entonces sí sería un castigo (vicario). ¿Protestaría también la autora del artículo si la pena impuesta a los miembros de La manada consiguiese reducir las conductas de abuso sexual?  Espero que no.

Para ir terminando, y al margen del desconocimiento manifiesto de la autora sobre el procedimiento de castigo, me gustaría hacer un breve repaso del texto publicado para señalar un conjunto de errores y confusiones que tampoco se pueden pasar por alto. Afirma la autora que Consecuencia y Castigo (las mayúsculas son suyas, a pesar de ser sustantivos comunes) no son sinónimos y que por tanto va a exponer la definición de ambas (usa el femenino, entiendo que se refiere a “palabras”). Leo el texto con atención buscando tales definiciones (quizás de la RAE, o de un manual técnico), pero ni rastro de la definición de castigo y sí una de consecuencia que, curiosamente, no coincide con ninguna de las acepciones de la RAE. Un asunto menor, desde luego, si estuviésemos publicando en la revista del barrio.

En segundo lugar, algo más grave: afirma la autora que el castigo es una acción… para cambiar… mediante algún tipo de dolor emocional, físico o psicológico… y cuyo principal motor es el miedo. Estas ya son palabras mayores. No existe ningún artículo, manual o investigación que partan de tal concepción del castigo. Esa afirmación es falsa, todavía más, es perversa. Si hay algo en lo que se insista una y otra vez cuando se trata de aplicar un procedimiento de castigo es que NUNCA puede ser físico, producir dolor de ningún tipo y SIEMPRE tiene que ofrecer la posibilidad de conseguir que no ocurra si se realiza la conducta correcta (alternativa o incompatible con la que se quiere eliminar). Es más, la aplicación de castigo sobre la respuesta que se quiere eliminar ha de acompañarse de procedimiento de reforzamiento de aquella o aquellas que se quieren instaurar. Y al margen de la indignación que me produce una falsedad de ese calibre, la afirmación incurre además en dos errores formales: no define el castigo por lo único que puede ser definido (su efecto reductor) y mezcla de nuevo procedimientos operantes (castigo, para reducir la respuesta a la que sigue) y pavlovianos (asociación de dos estímulos previa a la respuesta, que es lo que daría lugar a la aparición de miedo aprendido/condicionado).

behaviourism

El siguiente párrafo es igualmente terrible: castigo asociado a humillación y atentado contra la dignidad. Me remito de nuevo a los manuales para que el lector se tranquilice respecto al uso del castigo: si hay algo que los expertos insisten una y otra vez respecto al castigo es precisamente en eso, JAMÁS el procedimiento puede ser humillante o indigno. Incluso aunque fuese eficaz no habría que aplicar una estimulación cuyo efecto atentase contra la dignidad de la persona. Eso no quiere decir que en nombre del castigo se utilicen procedimientos humillantes. Por supuesto que sí, también se ha quemado a gente en la hoguera en nombre de la religión y no por ello la religión es necesariamente mala. Los cuchillos no matan, mata quien los usa indebidamente. El castigo no es humillante, pero el uso inadecuado de determinados estímulos aversivos si puede humillar (y en la inmensa mayoría de las ocasiones no son castigo, es decir, no tienen efecto reductor).

Claro que sería estupendo que no fuese necesario el control mediante procedimientos aversivos (operantes, como el castigo, o pavlovianos, como el contracondicionamiento); pero mientras las personas no aprendamos a regularnos por nuestras propias normas, habrá que mantener ese control al tiempo que se favorecen prácticas educativas encaminadas a la auto-regulación. Y esas prácticas educativas tienen que incluir todos los (sanos) procedimiento de aprendizaje que han demostrado su utilidad y eficacia en el ámbito experimental (castigo entre otros). Por una parte, la comprensión de las razones y las consecuencias de las conductas no garantiza un adecuado comportamiento (no tenemos más que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que las conductas inadecuadas no ocurren por ignorancia de las consecuencias que tienen). Los adictos a las drogas son los más expertos en las consecuencias de su uso, pero no les sirve de mucho. Por otra parte, para poder comprender las relaciones verbales entre eventos (si haces “x” ocurrirá “y”) antes hay que haber aprendido los significados de “x” e “y” y ello implica experiencia directa. Imaginemos a un niño de poco más de un año acercándose a una hoguera; ¿vamos a ponernos a explicarle con calma y sonrientes los peligros del fuego? ¿o vamos a retirarlo con firmeza, con gesto serio y palabras de rechazo para que aprenda que el fuego quema? Imagino que coincidiremos en que queremos que no se queme y que no se vuelva a acercar a una hoguera. Dentro de unos años comprenderá lo que es el fuego y sus efectos, pero mientras tanto, castiguemos la conducta de acercarse a un fuego.

Por último, la autora hace gala de su desconocimiento del conductismo radical. El término radical no se refiere a extremo, tajante o intransigente como ella lo utiliza. El término “radical” se utiliza para identificar a la corriente conductista (el conductismo es una filosofía de la ciencia) que entiende la conducta como la raíz, el objeto de estudio, el fundamento del mundo subjetivo, encubierto (frente al conductismo metodológico, para el cual la conducta no es el objeto sino el medio para estudiar ese mundo subjetivo).

Como profesora de Psicología en la universidad me parece lamentable que se dé difusión a artículos escritos desde la ignorancia, llenos de gravísimos errores de concepto y que pueden tener un efecto enormemente perverso sobre lectores legos en la materia (y lo que es peor, sobre las personas que puedan estar a su cargo). Un periódico como El País debería cuidar más la calidad de los textos que publica, aunque sea de una disciplina tan desconocida y malinterpretada como es la Psicología.

 

María Xesús Froxán Parga, profesora titular de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos, Universidad Autónoma de Madrid (mxesus.froxan@uam.es)

Improbable-mente – #Naukas16

Este año he estado otra vez en esa enorme fiesta de la divulgación científica que es Naukas Bilbao. Dos días con más de 50 charlas donde los compañeros/as de muchas disciplinas diferentes se afanan para mostrarnos que la ciencia es una de las empresas más maravillosas e impresionantes que nos hemos marcado como seres humanos. Pero si hay algo que destaca en Naukas en la pasión de los ponentes y su increíble calidad humana: docentes que se esfuerzan por mostrar el mundo y enseñar a pensar a su alumnado, investigadores/as que dedican su tiempo a descubrir los misterios del universo y el ser humano y profesionales que se esfuerzan por llevar los avances de la ciencia básica a la calle para mejorar la vida de la gente y preservar el único mundo que tenemos. Como en la pasada ocasión, el #Naukas16 ha sido una experiencia inolvidable.

 

Este año he hablado sobre el mito de la mente. Ha sido una charla difícil de preparar y aún más difícil de desarrollar en menos de 10 minutos. El abordaje es necesariamente filosófico, y no ha sido la única charla de filosofía de este encuentro. Al fin y al cabo, la ciencia se tiene que sustentar en unos principios filosóficos sin los cuales la investigación pierde sentido o acaba en derroteros erróneos. Ahora les toca a ustedes juzgar si se ha cumplido el objetivo con éxito.


Después de la charla, la gran Débora García me ha recordado esta canción de los Pixies, y casi sin querer se ha convertido en la banda sonora de esta mini-charla. Muchas gracias, compañera.

Por qué no nos gustan ciertos sabores

Nunca me ha gustado el sabor del hígado, ni de vaca ni ningún otro. A lo largo de mi vida he conocido a mucha personas a las que no les gusta esta carne. Curiosamente, una de ellas es mi padre, que a pesar de todo me obligaba a comer el puré en el que mi madre había picado el hígado para disimularlo, pero que yo rechazaba igualmente desde que percibía su olor. Menudas batallas tuvimos con esto.

Cuando algo no nos gusta es que su sabor, su olor o su textura nos resulta desagradable por alguna razón, y por eso lo rechazamos. Una primera hipótesis es que un alimento nos resultará más agradable (y preferible) cuando sufrimos una deficiencia nutricional que ese alimento cubre. Esta hipótesis se ha confirmado en mucha ocasiones (como en este estudio de Krieckhaus y Wolf de 1968).  Por ejemplo, se ha encontrado que los/as niños/as que crecen más rápidamente muestran mayor atracción por las bebidas endulzadas (Coldwell, Oswald y Reed, 2009). Pero también podemos encontrar las causas de esa preferencia en la historia del aprendizaje de la persona, lo implica que algunos sabores pueden gustarnos o no dependiendo de lo que haya ocurrido al consumirlo.

 

 

Podemos preferir sabores en relación a las contingencias que han ocurrido al tomar alimentos, incluso cuando estas aparecen horas después de haberlos tomado. Por ejemplo, cuando vomitamos y sentimos malestar después de haber consumido un alimento (incluso horas después), es habitual que acabemos rechazándolo. Esto ocurre tanto cuando la culpa del malestar ha sido el propio alimento (que estuviera en mal estado o que no lo toleremos bien) como cuando sufrimos una enfermedad que nos provoca esas consecuencias y que nada tiene que ver con el alimento que hemos consumido (Garcia, Ervin y Koelling, 1966; Revusky y García,1970).

También ocurre los sabores que no nos provocan ni atracción ni aversión en un principio acaben resultándonos repugnantes cuando aparecen emparejados a otros que no nos gustan o que nos desagradadan. Por ejemplo, en un estudio desarrollado por Yeomans, Durlach y Tinley en 2005 se encontró que los bebedores de café (a los cuáles se supone que les gusta el café) informaron de un mayor agrado por los sabores emparejados con el gusto a café.

Igualmente, cuando dos sabores suelen aparecer juntos pero uno de ellos comienza a resultar aversivo, lo más probable es que el otro también nos acabe desagradando. Podría hipotetizar en qué medida el que mis padres picaran el hígado en el puré tuvo relación con mi rechazo general por el puré cuando era niño. A mi padre nunca le ha gustado el puré, pero por razones muy distintas. Dice que le recuerda a los hospitales, que le provocan mucho rechazo. Habría que ver qué relación tiene esto último con tener como pareja a una auxiliar de enfermería y a un hijo enfermero, pero no nos vayamos del tema.

Las posibilidades no se agotan aquí, ya que podemos suponer que si asociamos un determinado sabor a otras consecuencias agradables (por ejemplo, una animada velada entre amigos), acabaremos desarrollando una preferencia por ese tipo de sabores. Dicho de otra manera: nos gustarán más. Sospecho que puede llegar a ocurrir que un sabor que antes nos parecía repulsivo ahora nos guste si se dan esas condiciones. He buscado estudios de este tipo, pero aún no los he encontrado.

 

 

¿Para que nos puede servir esto? En principio, para entender las variadas razones que explican por qué nos gusta o no un alimento, pero también por las consecuencias de esto. Si el agrado o desagrado por un determinado sabor es probable que se deba al aprendizaje, eso significa que también es posible cambiarlo. ¿Cómo podríamos hacerlo?

Cualquier propuesta para abordar este asunto con un/a niño/a concreto requiere realizar un análisis funcional de su conducta. Sin ese análisis, una medida podría fallar y no sabríamos por qué. De cualquier manera, y en líneas generales, yo utilizaría algunas de las siguientes:

  1. Preparar el alimento de forma que su sabor sea lo más parecido posible a uno que tu hijo/a elija normalmente. Conozco a personas que empezaron a comer pescado o ensalada cuando se la presentaron de forma que su sabor quedaba enmascarado por otro más agradable.
  1. Relacionar la preparación y el consumo de ese alimento con consecuencias agradables. Por ejemplo, haciendo que tu hijo/a participe en su preparación en forma de juego (el tipo y nivel del juego dependerá de la edad de niño/a). Es importante que el juego resulte motivador para el menor.
  1. Relacionar el consumo del alimento con el consumo de otro que resulte agradable o con un contexto que agrade al niño/a. Por ejemplo, estableciendo un menú semanal en el que el alimento que no le gusta va seguido de un postre que sí le gusta pero que sólo podrá conseguir si se come una parte del alimento. Progresivamente vamos aumentando la cantidad necesaria del primero para poder acceder al segundo.
  1. Una posibilidad difícilmente aplicable a niños/as (pero sí a uno mismo) es comer repetidamente el alimento para que el rechazo se vaya progresivamente extinguiendo (Leung et al., 2007). Cuanto más veces comemos el alimento que no nos gusta, menos desagradable nos resulta. Resulta difícil que el niño o niña elija comer un alimento que no le gusta para que deje de desagradarle con el tiempo, pero nosotros sí podemos hacerlo.

Algunas de estas prácticas las he probado conmigo mismo con éxito (con el tiempo me ha empezado a gustar el sabor al jengibre que se toma entre pieza y pieza de sushi que antes me desagradaba mucho, y hoy en día tolero el olor a hígado cuando se está asando). Si las utilizan con sus hijos/as o con ustedes mismos/as, cuéntenme qué tal les ha ido.

 

BIBLIOGRAFÍA:

Coldwell, S.E., Oswald, T.K. & Reed, D. R. (2009). A marker of growth differs between adolescents with high vs. low sugar preference. Physiology & Behavior, 96, 4-5, 574–580.

García, J., & Koelling, R. A. (1966). Relation of cue to consequence in avoidance learning. Psychonomic Science, 4, 123–124.

Krieckhaus, E. E., & Wolf, G. (1968). Acquisition of sodium by rats: Interaction of innate and latent learning. Journal of Comparative and Physiological Psychology, 65, 197–201.

Leung, H. T., Bailey, G. K., Laurent, V., Westbrook, R. F. (2007). Rapid reacquisition of fear to a completely extinguished context is replaced by transient impairment with additional extinction training. Journal of Experimental Psychology: Animal Behavior Processes, 33, 299–313.

Revusky, S. H., & Garcia, J. (1970). Learned associations over long delays. In G. H. Bower & J. T. Spence (Eds.), The psychology of learning and motivation (Vol. 4). New York: Academic Press.

Yeomans, M. R., Durlach, P. J., & Tinley, E. M. (2005). Flavour liking and preference conditioned by caffeine in humans. Quartely Journal of Experimental Psychology, 58B, 47–58.

Tener una buena razón para levantarte cada mañana

Acabo de enterarme de que un amigo ha sufrido un derrame cerebral y se encuentra en la UCI con poca probabilidad de sobrevivir. Es una persona encantadora y generosa como pocas, alguien que ha sufrido mucho a lo largo de su vida y que en los últimos años se ha introducido en el mundo del running entrenando duramente y participando con frecuencia en carreras de todo tipo, desde los llamados cross a las pruebas de montaña, las trail.

Hace tiempo que algunas personas que le conocemos venimos preocupados por la forma tan intensa en la que se ha puesto a correr, sobre todo porque ya viene circundando los cincuenta. Demasiado estrés para un cuerpo que perdió muchos kilos en pocos meses y que no ha dejado de perder peso hasta ahora. Daba por sentado que existe relación entre el ejercicio físico intenso y el riesgo vascular, pero no me había parado a comprobar si había estudios al respecto.

Parece ser que algunos estudios han encontrado que los beneficios del ejercicio físico intenso dibuja una “J”, es decir, que un ejercicio moderado mejora la salud vascular, pero a medida que se intensifica lo vuelve a aumentar hasta niveles preocupantes en personas con enfermedad cardíaca existente. Hasta donde yo puedo saber, mi amigo no tiene ninguna enfermedad cardiaca, aunque sospecho que debe padecer de hipertensión.

También se ha encontrado que las personas que han realizado un ejercicio físico intenso durante más de 5 horas a la semana durante varios años eran un 19% más propensos a desarrollar una fibrilación auricular a los 60 años que los que practicaban ejercicio menos de una hora a la semana. Hay más estudios que encuentran relaciones de este tipo, como este en relación a los aneurismas y este a la función endotelial.

Mientras escribo esto no estoy pensando en defender el sedentarismo ni centrarme en alertar de los peligros de pasarse con el ejercicio físico. Existen peligros mucho mayores en conductas como fumar y montar en moto, y no por eso hay que demonizar ninguna de ellas, aunque sólo sea para no generar rechazo en quienes las realizan. En lo que pienso es en mi amigo, en su vida, en cómo en una etapa estuvimos enfrascados en luchas por la justicia, comprometidos y en conflicto hasta con nuestras respectivas familias. Pienso en cómo vive sus aficiones de una forma intensa, quizá demasiado, y cómo nos responde en ocasiones cuando le comentamos que quizá está siendo un poco excesivo: “Cuando estoy corriendo, tengo la mente ocupada. Me ayuda a no pensar en los problemas”.

 

running

 

Mi amigo corre para no pensar en los problemas y probablemente esto le ha permitido sobrellevar su vida, en la que ha sufrido enormemente durante años. Su forma de encontrar un sentido ha sido la de entregarse a las causas con generosidad, siempre abierto a los demás y siempre dispuesto para ayudar en lo que haga falta. Una persona capaz de reconocer los actos honorables de otras personas y dispuesta para estar a la altura como una especie de obligación moral: si alguien ha hecho algo digno de mérito, se le admira y se le responde con el mismo grado de compromiso. Así ha sido siempre.

Ahora está en la UCI y comentan los más cercanos que los médicos hablan de “muerte cerebral”. Esperarán unos días para ver qué pasa y si sigue igual plantearán desconectarlo. Yo estoy en casa escribiendo esto de madrugada y no puedo dejar de pensar si ha valido la pena el dedicarse de la forma en que lo ha hecho a correr a niveles que pueden suponer un riesgo. Aunque pueda parecerlo, la respuesta no es fácil.

Todas las personas necesitamos al menos una buena razón para levantarnos cada la mañana. Puede ser un trabajo, los/as hijos/as, llegar a la tarde para ver una película o tomar algo con los amigos, leer, ir a clases de algo como fin en sí mismo o como medio de aprender algo útil para la vida que queremos llevar. La vida es principalmente eso, un constante discurrir del tiempo en el que vamos haciendo cosas que nos distraen de la muerte, tanto la física como la que supone de alguna manera el no tener nada por lo que seguir viviendo. Puede ser enormemente gratificante, pero no por ello deja de ser así.

Algunas nos aportan beneficios más o menos inmediatos y otras nos ofrecen premios en diferido. Pero también es habitual que hagamos cosas que ofrecen al mismo tiempo beneficios inmediatos y costes diferidos en el tiempo o que estimamos poco probables. Ocurre cada día cuando cruzamos un paso de peatones en rojo, elegimos el bollo con mayor cantidad de azúcar una y otra vez y dedicamos demasiado tiempo a escribir artículos en lugar de ir sacando trabajo pendiente de la consulta. Quizá no se trate tanto de hacer siempre lo que nos mejora la salud, lo más productivo y lo más conveniente desde un punto de vista racional sino de que lo que hagamos sea aquello que tenga un significado para nosotros. Si mi amigo no se hubiera dedicado a correr, es posible que el riesgo de quitarse la vida habría estado presente, y quién sabe lo que habría ocurrido.

Pero no me resigno a pensar que está bien así y que no había alternativa. Me temo que mi amigo podía elegir correr pero hasta donde yo sé, nunca eligió (por no saber de sus beneficios, por prejuicios, por miedo, por motivos económicos) acceder a alguien con quien aprender a dirigir su vida hacia conductas significativas que le permitieran vivir satisfactoriamente sin ponerla en peligro. Esto es desde mi punto de vista lo que hacemos en una terapia psicológica. No puedo evitar pensar que si hubiera acudido a un profesional de la psicología, es posible que ahora no estuviera al borde de la muerte en la cama de un hospital. Pero a uno de los de verdad, no de esos que andan por ahí con título o sin él que no saben aplicar sino procedimientos carentes de las mínimas nociones científicas sobre el comportamiento humano.

Me apena mucho pensar en todo esto. Quizá yo esté equivocado y el ejercicio físico no ha tenido nada que ver con el derrame cerebral, pero esta es la parte menos importante. Lo que realmente me da vueltas es cómo esta maravillosa persona ha vivido gran parte de su tiempo haciendo cosas en las que creía y que también, de una forma o de otra, hacían que su vida fuera un poco menos desgraciada. Todos hacemos lo mismo en algún grado, y por eso no podemos cometer la hipocresía de juzgar la forma de vivir de nadie, ni siquiera cuando consideramos que está profundamente equivocado. La única excepción que se me ocurre es que alguien dañe a otras personas de forma prevenible. No creo que tampoco sirva para nada hacer un juicio moral en ese caso, pero sobre todo, no es el caso que nos ocupa.

Seguimos esperando el milagro. Ocurra lo que ocurra, gracias por tu generosidad.

 

PD: Son las 11:25 de la mañana y acabo de enterarme de que Miguel ha fallecido. Qué mierda.

No estamos locos

El pasado fin de semana se celebró el #Naukas15, el mayor evento de divulgación del año, donde se reunió a más de 70 divulgadores/as de disciplinas muy diferentes. Esta es la primera edición en la que participo y quise aprovecharla para hablar de un tema que me preocupa desde hace años por sus implicaciones para la salud y la lucha contra el sufrimiento de las personas: la consideración de los problemas psicológicos como trastornos mentales o enfermedades.

Las charlas tienen una duración máxima de 10 minutos bajo amenaza de ser expulsado del escenario por el gran (en todos los sentidos) Fernando de la Cuadra como ocurrió en ocasiones, así que hay que ir rápido y al grano. Este es el resultado.

 

Aunque el título de la charla es “No estamos locos”, al final es posible que sí estemos todos un poco locos y locas, y que por eso tengamos que defendernos de los que quieren etiquetar nuestra sana locura como enfermedad.

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