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Conversaciones con un homeópata

Desde que la semana pasada comenzara a mover la Resolución de rechazo a la homeopatía y las terapias pseudocientíficas han ocurrido muchas cosas. Una de ellas ha sido la llamada que recibí anoche del Presidente de la Asociación Médico Homeopática de Tenerife, D. Antonio Marqués.

 

Antes de seguir, quiero contarles algo. Hace muchos años me diagnosticaron una enfermedad leve de carácter crónico. Un día le contaba mi diagnóstico a un amigo con hipertensión y me contó maravillas de cómo la homeopatía le había ayudado a controlar su problema. Tanto insistió que decidí probar, sin ninguna idea de los fundamentos ni de la evidencia sobre la eficacia de las famosas disoluciones, y reconozco que con una actitud muy escéptica (en el sentido amplio de la palabra). Recuerdo que el médico me hizo una entrevista muy larga con preguntas extrañas (¿Eres más de pasar frío o calor? ¿Te gustan más las cosas dulces o las saladas?). Al final de la consulta, justo antes de “recetarme” sus globulitos homeopáticos, hablamos sobre la evidencia de la homeopatía y me entregó tres dossieres llenos de textos y algún estudio. Después de que por supuesto sus pastillitas no tuvieran ningún efecto, me puse a indagar para saber qué es realmente la homeopatía. El resto ya se lo pueden imaginar.

 

 

Pues bien, anoche recibí la llamada de D. Antonio, sorprendido de que yo estuviera promoviendo la propuesta. Estuvimos hablando durante una hora, en la que pude escuchar todo tipo de argumentos, algunas faltas de respeto y dosis poco infinitesimales de contradicciones. Les resumo las afirmaciones y mis respuestas para que se hagan una idea:

1. Se están poniendo del lado de la industria farmacéutica: Esta me la esperaba, la verdad. Probablemente, si yo fuera médico se habría aferrado concienzudamente a esta afirmación, pero al ser psicólogo no lo tuvo tan fácil. Sobre todo cuando le hablé del monográfico que está promoviendo desde hace un tiempo el Consejo General de Colegios Oficiales de Psicólogía a través de su boletín informativo INFOCOP sobre los recientes estudios de metaanálisis que evidencian la ineficacia de los antidepresivos en depresiones leves a moderadas, amen de que IU ha denunciado sistemáticamente los desmanes de las farmacéuticas.

2. Lo que tenían que haber hecho era dirigirse a los homeópatas para pedirle la documentación antes de presentar la propuesta: Yo pensaba que los estudios eran públicos, que se podían encontrar en las bases de datos de investigación, pero parece ser que los estudios que demuestran la eficacia de la homeopatía sólo los tienen los homeópatas. Por otra parte, entiendo que tendrían que ser los homeópatas los que se dirijan a la organización para plantear su propuesta y no al revés. Pero lo mejor vino justo después, cuando planteó lo siguiente.

3. No te mando los estudios si no retiran la propuesta: Increíble. No sólo se arroga el derecho de decirme qué debemos y qué no debemos presentar dentro de nuestra propia organización, sino que además lo pone como condición para enviarme unos estudios de eficacia. La investigación científica se caracteriza porque sus conclusiones son de dominio público. Cualquiera puede acceder a las publicaciones, analizarlas, criticarlas y replicarlas. Cuando un investigador realiza un estudio, lo envía a revisores que lo analizan en profundidad, lo presenta en congresos en los que otros colegas están atentos para buscar los fallos y está abierto a todo tipo de críticas. Así funciona la ciencia y es lo que permite que avance. Pero se ve que esto los homeópatas no lo han entendido muy bien.

 

4. Debemos aplicar el método científico con flexibilidad: Esta me pareció estupenda. Su argumento es que la industria farmacéutica dispone de muchos fondos para investigar, y cuando le hablé de los estudios en psicología, me planteó que también la  Asociación Americana de Psicología (APA por sus siglas en inglés) es muy “poderosa” . Que hay muchos científicos que pueden dedicar su tiempo a investigar en las universidades mientras que los homeópatas no tienen esos fondos porque son “los débiles”  ni tiempo para hacerlos, debido a que lo dedican a ayudar a la gente.

Pues nada, va a ser que las multinacionales de la homeopatía que mueven millones de euros al año son víctimas de un sistema que  les prohibe dedicar parte de su dinero a la investigación. O quizá no les interese demostrar que sus supuestos medicamentos funcionan, porque entonces tendrían que ser recetados por todos los médicos del mundo y dejarían de ser un pequeño y selecto grupo en posesión de una herramienta tan maravillosa. O no, quizá lo que me estaba queriendo decir es que los criterios que utilizan los sistemas públicos de salud deben tener en cuenta la renta de quien propone una supuesta terapia. Entiendo entonces que si yo propongo que el limonero que tiene mi madre plantado en casa da unos limones que pueden curar enfermedades, la sanidad pública debe aprobarlo porque yo no dispongo de medios económicos para hacer estudios doble ciego y con grupo control. Me gusta.

5. Estoy seguro de que ni tú ni yo queremos engañar a nadie: Ahí vamos a estar de acuerdo. Voy a ser honesto con este punto: creo que la mayoría de las personas que realizan terapias alternativas quieren ayudar a los demás y creen que su método funciona. De hecho, el propio médico me proponía que acudiera una semana a comprobar en su consulta los resultados de la homeopatía, como por ejemplo cómo a un niño al que no le salían los dientes, le salieron cuando empezó a tomar lo que él le recetó. Yo estoy convencido de que estas cosas ocurren, pero no porque la homeopatía funcione de verdad. Si hay algo que conocemos bien en psicología es que la experiencia personal comete errores previsibles a la hora de interpretar la realidad, por eso nos hemos dado un método que permite eludir esos sesgos cognitivos, el método científico. Por este motivo, hay que seguir unas reglas para poder realizar una afirmación, porque sabemos perfectamente que el “a mí me funciona”  o el “yo he visto que funciona” pueden estar más relacionados con fenómenos psicológicos que con el supuesto remedio al que uno recurre, sea homeopatía, acupuntura o cualquier otro.

6. Hay personas de nivel educativo medio y alto que toman la homeopatía y les funciona: Volvemos al “amimefuncionalismo”, pero esta vez con un elemento añadido. En su famoso libro “Por qué creemos en cosas raras”, Michael Shermer incluyó en ediciones posteriores un capítulo llamado “Por qué cree la gente lista en cosas raras” donde explica muy bien este fenómeno: no es la inteligencia la que lleva a ciertas personas exitosas en el ámbito académico a creer en supersticiones, esa es una variable irrelevante. Es su creatividad y su capacidad para producir nuevas soluciones y seguirlas. En muchos casos, estas personas encontrarán más argumentos para justificar falsas creencias, lo que les llevará a ser más crédulos. Los estudios indican que son algunas variables de personalidad las que están relacionadas con la tendencia a las creencias irracionales, y no la inteligencia.

 

7. Hay quien considera que el hecho de que el estado decida las terapias a las que la gente puede acceder es totalitario: Resulta realmente curioso que haya homeópatas defendiendo esto y que al mismo tiempo pidan a la administración que introduzca la homeopatía en la Sanidad Pública. ¿Se supone que la sanidad debe financiar cualquier procedimiento que diga ser terapéutico aunque no haya pruebas de que lo sea? Yo pensaba que el estado es el encargado de velar por la salud de las personas, y que uno de los medios para hacerlo es financiando terapias eficaces. Hagamos una comparación entre la homeopatía y la psicología. La homeopatía, como sistema cerrado, no ha variado sus postulados desde su fundación. Sigue basándose en los mismos principios pseudocientíficos que estableció su creador, Samuel Hahnnemann, de los cuáles no voy a hablar porque los pueden encontrar en muchos artículos como este. En estos dos siglos no ha demostrado que ninguno de sus supuestos productos sea más eficaz que un placebo para tratar ninguna patología (imagínense, ni uno solo de todos los productos homeopáticos, ya es mala pata). Por su parte, en la psicología, disciplina un poco más joven, han convivido corrientes científicas como no científicas. Las primeras han ido variando sus conclusiones continuamente, a medida que avanzaba la investigación. De esta manera se han llegado a conseguir terapias efectivas para tratar muchas patologías, y por eso hay psicólogos en la Sanidad Pública ejerciendo como tales (otra cosa son las condiciones para atender a los pacientes, de las que podemos hablar largo y tendido). Al mismo tiempo, las escuelas no científicas de la psicología han ido reduciéndose y ya no se estudian en la mayoría de las universidades, debido a que no son más que hipótesis no demostradas, y en algunos casos no demostrables. En España se puede ejercer libremente como homeópata, no está prohibido. Lo que no puede ocurrir es que la homeopatía entre al Sistema Público de salud. Bajo ningún concepto.

8. No cuentas con la información necesaria – Si quieren hacer el ridículo, háganlo. Cuando aparezcan las evidencias se demostrará su error: Para cerrar la conversación de casi una hora, estos últimos argumentos. Después de decirme que va a consultar a sus colegas de Bélgica, la India y Cuba para pedir estudios y que el informe del Ministerio de Sanidad que concluye que las terapias alternativas no son efectivas está hecho por “becarios”, me cuenta que no cuento con toda la documentación necesaria. Parece ser que los dossieres que me entregó hace casi diez años no son suficientes, lo que me lleva a la conclusión de que hasta hace diez años no había evidencias suficientes de la eficacia de la homeopatía, aunque “en España la homeopatía existe desde hace 30 años” [Sic]. Aquí se acabó definitivamente la conversación.

 

Reconozco que al terminar la llamada estaba un poco asombrado. Estuvimos hablando durante una hora y no habían salido ni las dosis infinitesimales, ni la “memoria del agua” ni el resto de argumentos clásicos de los homeópatas. Sin embargo, el hombre pasaba en un momento de criticar el método científico a asegurar que me enviaría los estudios de eficacia que le demandaba; de colocarme al lado de las farmacéuticas a decirme que tanto él como yo “estamos del mismo lado”; de plantear crear una comisión en IU de aquí a cuatro años para estudiar el tema a pedirme que retiremos la propuesta y que tengamos una reunión urgente antes de la Asamblea.

 

Francamente, la conversación sólo consiguió reafirmarme en mis opiniones, aunque admito que viendo lo tranquilo y profundo que fue mi sueño de anoche, estoy empezando a pensar que quizá la homeopatía puede ser una buena forma para conciliar el sueño. O al menos los homeópatas.

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PD: Buscando en la red he visto que D. Antonio Marqués se caracteriza por participar bastante en los medios cuando hay alguna polémica con el tema de la homeopatía. Aquí les dejo algunas de sus intervenciones recogidas por los medios de comunicación. Juzguen ustedes mismos.

 

Garriga, Josep:  “La homeopatía, ¿quimera o ciencia?, [en línea]. Marzo de 2010 (28 de noviembre de 2012). Disponible en la web: http://elpais.com/diario/2010/03/06/sociedad/1267830001_850215.html

 

“Homeópatas y científicos, ‘a la gresca’ por el curso de Farmacia”, [en línea]. Marzo de 2012 (28 de noviembre de 2012). Disponible en la web: http://www.anamartin.es/noticia9.html

 

Nieto, Iosune: “Hay pacientes en Tenerife que nunca han tomado un fármaco”, [en línea]. Abril de 2006 (28 de noviembre de 2012). Disponible en la web: http://www.eldia.es/2006-04-28/vivir/vivir4.htm 

¿Cómo se inventa un nuevo trastorno mental? La historia de la Erebosis

 

Año 2030. Aquella mañana el Dr. Smith, reputado profesor de una reputada universidad, tuvo la oportuna intuición de que la sombra humana era algo que podía ser considerado como patológico. Al igual que ocurriera anteriormente con la ansiedad o la tristeza, el Dr. Smith pensó que la sombra, que hasta el momento había sido considerada normal, podía ser el principal síntoma de un trastorno, al que denominó Erebosis, tomando su nombre de Érebo, dios griego de la sombra y la oscuridad.

 

Sus primeros estudios, en colaboración otros reputados profesores de reputadas universidades en reputados países de diferentes continentes, evidenciaban que la erobosis aparecía en todas las culturas, aunque con diferencias en la incidencia en función del país – parecía que en los países más cercanos al ecuador la frecuencia y duración de la sombra era significativamente más elevada que en Finlandia. La conclusión era evidente: la proyección de la sombra se convirtió en un síntoma que compartimos con el resto de animales, pero cuyo tamaño, duración, frecuencia e intensidad pueden estar mediados por factores que ya se explicarían más adelante.

 

El hallazgo era fascinante: no se había encontrado nada parecido desde los estudios transculturales sobre el reconocimiento de la expresión facial de la emoción desarrollados por Tomkins, Ekman e Izard en los años sesenta del siglo XX, y las pocas voces críticas, procedentes fundamentalmente del mundo de la física, la sociología de la cultura y un pequeño sector dentro de la salud mental, no pudieron evitar que tamaño descubrimiento se convirtiera en un fenómeno de alcance planetario.

 

En poco tiempo, varios grupos de investigación descubrieron que elegir la erebosis como tema de investigación era una buena opción: algunos laboratorios farmacéuticos estaban dispuestos a financiarlos con abundantes fondos, anticipando que los beneficios que les reportaría un nuevo fármaco o la prescripción de uno ya conocido para ese nuevo trastorno podrían ser millonarios. Al fin y al cabo, todo el mundo proyectaba su sombra en algún momento de su vida.

 

Al mismo tiempo, reputados investigadores del campo de la neurociencia con sus reputados aparatos (todavía se seguía usando la Tomografía por Emisión de Positrones y la Resonancia Magnética Funcional) consiguieron identificar las áreas cerebrales relacionadas con erebosis, y publicaron importantes estudios en los que se encontraba relación entre ciertos neurotransmisores y la conciencia de la propia sombra.

 

 

La industria “alternativa” también abrazó entusiasmada la idea: los fabricantes de homeopatía contaban de entrada con una gran cantidad de personas dispuestas a tomar sus pastillas de agua-y-nada-más para “curar” la erebosis sin exigir estudios de eficacia. Destacados coaches y gurús de la autoayuda escribieron best-sellers como Los doce pasos para superar la erobosis o Aprende a convivir con tu sombra. Las ponencias sobre los estudios del trastorno en los congresos de psiquiatría y psicología clínica se confundían con las “conferencias inspiracionales” de noventa minutos que los más avispados ofrecían por diez mil euros en jornadas organizadas por el Instituto Coca-Cola de la Felicidad y en las TED Conferences, entre los que se encontraba por supuesto el Dr. Smith.

 

Como era de esperar, no se consiguió encontrar un tratamiento eficaz para eliminar la proyección de la sombra. Se probó con varias alternativas, pero la reclusión en lugares oscuros y llevar parasoles cosidos a la ropa no parecían generar una adecuada “adherencia al tratamiento”, y los pacientes terminaban dejándolos. Cuando las farmacéuticas consiguieron que la FDA autorizara el uso de la fluoxetina (antidepresivo) y el alprazolam (ansiolítico) para el tratamiento del sufrimiento que provocaba en las personas descubrir que no podían librarse de su propia sombra, la proliferación de psicólogos, psiquiatras y curanderos que ofrecían todo tipo de terapias para superar el malestar no dejaba lugar a dudas: las consecuencias emocionales de tener una sombra persistente era una enfermedad que debía ser curada de alguna manera.

Poco después, la Asociación Psiquiátrica Americana (APA por sus siglas en inglés) incluyó la erebosis como diagnóstico en su Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su séptima edición (DSM-VII). La erobosis era ya una enfermedad por derecho propio.

 

La falta de éxito de los tratamiento llevó a considerar la erebosis como una enfermedad crónica. En algunos países se crearon asociaciones de afectados que exigían a los estados que la reconocieran como enfermedad incurable y que les financiaran para poder acceder a un tratamiento paliativo. Como muchos pacientes se resistían a tomar psicofármacos, y los que lo hacían necesitaban prescripción médica, algunas de estas asociaciones contrataron a maestros de reiki y naturópatas con remedios que atendían a la persona, no a la enfermedad. Las redes sociales se llenaron de vídeos en los que aparecían afectados promoviendo el uso de todo tipo de técnicas bajo el rótulo A mí me funciona. Las campañas publicadas por estas asociaciones y financiadas en parte con fondos públicos consiguieron que los medios de comunicación dejaran de hablar de “erebosíticos” para hablar de “personas con erebosis”, a lo que los becarios de las pocas redacciones de medios de comunicación que quedaban por ese entonces se sumaron fervientemente.

 

EPÍLOGO

 

Llegados a este punto, la erebosis se había convertido en una enfermedad legítima a los ojos de la sociedad. Los críticos nunca consiguieron convencer al grueso de la población de que la sombra era un fenómeno normal, no una enfermedad, y que la erebosis, al igual que la mayoría de los considerados trastornos mentales hasta el momento, no eran enfermedades con una base biológica sino una construcción histórico-cultural que sólo había servido para que una gran cantidad de personas venidas de todos los campos hicieran el agosto. Pero ya era tarde.

 

El Dr. Smith pasó el resto de su vida escribiendo libros acerca del Método Smith para la cura de la ficticia enfermedad. Hoy en día el Instituto Smith para el Erebosis ofrece cursos con marca registrada para aquellos que quieren convertirse en terapeutas, siguiendo el ejemplo de los fundadores de la Programación Neuro Lingüística (PNL). Si usted se encuentra desempleado y sin una profesión con futuro, podría reinventarse como Experto en el Método Smith y dedicarse a tratar a estos pacientes. Recuerde que, al menos en España, sigue siendo legal.

Tengo mente abierta, pero no tanto como para que se me caiga el cerebro al suelo

Cada vez que alguien me dice que crea en algo bajo el argumento de “no tienes pruebas para demostrar que lo que digo es falso” me acuerdo de la historia del dragón en el garaje de Carl Sagan. Como tengo la impresión de que la voy a recurrir a ella con cierta frecuencia en el futuro, la publico por aquí para ahorrarme trabajo.

El dragón en el garaje. Carl Sagan en “El mundo y sus demonios”

En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca.

Supongamos (sigo el método de terapia de grupo del psicólogo Richard Franklin) que yo le hago a usted una aseveración como ésa. A lo mejor le gustaría comprobarlo, verlo usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!

– Enséñemelo – me dice usted.

Yo le llevo a mi garaje. Usted mira y ve una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero el dragón no está.

– ¿Dónde está el dragón? – me pregunta.

– Oh, está aquí – contesto yo moviendo la mano vagamente -. Me olvidé decir que es un dragón invisible.

Me propone que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón.

– Buena idea – replico -, pero este dragón flota en el aire.

Entonces propone usar un sensor infrarrojo para detectar el fuego invisible.

– Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor.

Se puede pintar con spray el dragón para hacerlo visible.

– Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.

Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que usted me propone con una explicación especial de por qué no funcionará.

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente? Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe? Su incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluta a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspirarnos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.

Lo único que ha aprendido usted de mi insistencia en que hay un dragón en mi garaje es que estoy mal de la cabeza. Se preguntará, si no se puede aplicar ninguna prueba física, qué fue lo que me convenció. La posibilidad de que fuera un sueño o alucinación entraría ciertamente en su pensamiento. Pero entonces ¿por qué hablo tan en serio? A lo mejor necesito ayuda. Como mínimo, puede ser que haya infravalorado la falibilidad humana.

Imaginemos que, a pesar de que ninguna de las pruebas ha tenido éxito, usted desea mostrarse escrupulosamente abierto. En consecuencia, no rechaza de inmediato la idea de que haya un dragón que escupe fuego por la boca en mi garaje. Simplemente, la deja en suspenso. La prueba actual está francamente en contra pero, si surge algún nuevo dato, está dispuesto a examinarlo a ver si le convence. Seguramente es poco razonable por mi parte ofenderme porque no me cree; o criticarle por ser un pesado poco imaginativo… simplemente porque usted pronunció el veredicto escocés de “no demostrado”.

Imaginemos que las cosas hubiesen sido de otro modo. El dragón es invisible, de acuerdo, pero aparecen huellas en la harina cuando usted mira. Su detector de infrarrojos registra algo. La pintura de spray revela una cresta dentada en el aire delante de usted. Por muy escéptico que se pueda ser en cuanto a la existencia de dragones – por no hablar de seres invisibles – ahora debe reconocer que aquí hay algo y que, en principio, es coherente con la idea de un dragón invisible que escupe fuego por la boca.

Ahora otro guión: imaginemos que no se trata sólo de mí. Imaginemos que varias personas que usted conoce, incluyendo algunos que está seguro que no se conocen entre ellas, le dicen que tienen dragones en sus garajes… pero en todos los casos la prueba es enloquecedoramente elusiva. Todos admitimos que nos perturba ser presas de una convicción tan extraña y tan poco sustentada por una prueba física. Ninguno de nosotros es un lunático. Especulamos con lo que significaría que hubiera realmente dragones escondidos en los garajes de todo el mundo y que los humanos acabáramos de enterarnos. Yo preferiría que no fuera verdad, francamente. Pero quizás todos aquellos mitos europeos y chinos antiguos sobre dragones no eran solamente mitos…

Es gratificante que ahora se informe de algunas huellas de las medidas del dragón en la harina. Pero nunca aparecen cuando hay un escéptico presente. Se plantea una explicación alternativa: tras un examen atento, parece claro que las huellas podían ser falsificadas. Otro entusiasta del dragón presenta una quemadura en el dedo y la atribuye a una extraña manifestación física del aliento de fuego del dragón. Pero también aquí hay otras posibilidades. Es evidente que hay otras maneras de quemarse los dedos además de recibir el aliento de dragones invisibles. Estas “pruebas”, por muy importante que las consideren los defensores del dragón, son muy poco convincentes. Una vez más, el único enfoque sensato es rechazar provisionalmente la hipótesis del dragón y permanecer abierto a otros datos físicos futuros, y preguntarse cuál puede ser la causa de que tantas personas aparentemente sanas y sobrias compartan la misma extraña ilusión.

 

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