Lo que diferencia a la autoayuda de la narrativa

Cada cierto tiempo, alguien me escribe preguntándome por un autor en concreto para saber si yo lo considero un escritor de autoayuda. No creo que mi criterio sea mucho mejor que el de cualquier persona habituada a leer, y tampoco creo que identificar un libro como autoayuda tenga importancia para quien lo lee sin que le venga ya catalogado. Pero como es una pregunta frecuente, la voy a intentar responder en este artículo.

Todas las novelas y cuentos narran la historia de uno o más personajes, ya sea en primera o tercera persona (pocas veces se utiliza la segunda persona). Si las situaciones que relata son compartidas por la mayoría de los lectores y si utilizan un lenguaje cotidiano, es más probable que los lectores se sientan “identificados”, que encuentren coincidencias entre las cosas que le ocurren y las que le pasan a los personajes. Hace tiempo hablé sobre esto en otro artículo.

 

Hay un tipo de libros que se ha denominado “literatura inspiracional”, en los que se cuentan historias pretendiendo que el lector encuentre paralelismos consigo mismo de forma deliberada. El objetivo final es que realice un comportamiento equivalente en su vida que le permita obtener resultados equivalentes a los obtenidos por los personajes en el cuento o novela, que normalmente serán de carácter “terapéutico” y/o buscarán motivar a la gente para que actúe con mayor probabilidad de una forma determinada. La literatura inspiracional se considera un formato de autoayuda.

No sólo por reflejar la vida de la gente, una historia se convierte en autoayuda. Para considerarla de autoayuda, tiene que cumplir con los requisitos del apartado anterior, pero esto no siempre es algo fácil. Paulo Coelho o Jorge Bucay, por ejemplo, podrían argumentar que ellos escriben cuentos, no autoayuda, cuando publican “El alquimista” o “Cuentos para pensar”. En sentido estricto, no se podría decir lo contrario.

Sin embargo, estos autores actúan deliberadamente para dejar claro que su obra es una guía a seguir. Bucay, por ejemplo, nos dice que estas lecturas gustan porque tratan aspectos elementales de la vida que se suelen descuidar u olvidar, y se escriben de manera directa (El País, 2007). Coelho suele ser más directo y él mismo ofrece su visión del mundo y sus consejos para ser feliz en las entrevistas (por ejemplo, esta de Clarín).

 

Todas las historias pueden ser potencialmente de autoayuda. Muchas pueden tener, además, un carácter normativo, o lo que es lo mismo, pretenden fijar una regla que se debe seguir o a la que se deben ajustar las conductas, tareas, actividades, etc. Son novelas o cuentos que ofrecen a través de sus historias ejemplos de cómo debemos comportarnos. En ese sentido, hasta la Biblia podría ser un libro de autoayuda (hay muchos artículos de cristianos como este que se dedican a explicarnos que no esto es así). Yo tampoco creo que lo sea, aunque no anda lejos.

Sin embargo, el fin de la autoayuda es comúnmente el bienestar, la felicidad y/o la sanación, como si estos tres términos estuvieran bien definidos. Cuando un libro de historias pretende servir como guía a seguir para conseguir alguno de estos, es difícil que no podamos ponerles la etiqueta de autoayuda (yo prefiero catalogar como autoayuda a los libros en lugar de a los autores).

En resumen, una novela o cuento podrá considerarse dentro de la categoría “literatura inspiracional” cuando pretenda que el lector se identifique con los personajes y sus vivencias, con el fin de que realice un comportamiento equivalente al que realiza el personaje con el que se identifica para aumentar su bienestar, alcanzar la felicidad o provocar la sanación, aunque no quede claro qué significa cada uno de estos términos. Mientras no sea así, será una novela y punto. Que cada uno la use como quiera.

Por qué no nos gustan ciertos sabores

Nunca me ha gustado el sabor del hígado, ni de vaca ni ningún otro. A lo largo de mi vida he conocido a mucha personas a las que no les gusta esta carne. Curiosamente, una de ellas es mi padre, que a pesar de todo me obligaba a comer el puré en el que mi madre había picado el hígado para disimularlo, pero que yo rechazaba igualmente desde que percibía su olor. Menudas batallas tuvimos con esto.

Cuando algo no nos gusta es que su sabor, su olor o su textura nos resulta desagradable por alguna razón, y por eso lo rechazamos. Una primera hipótesis es que un alimento nos resultará más agradable (y preferible) cuando sufrimos una deficiencia nutricional que ese alimento cubre. Esta hipótesis se ha confirmado en mucha ocasiones (como en este estudio de Krieckhaus y Wolf de 1968).  Por ejemplo, se ha encontrado que los/as niños/as que crecen más rápidamente muestran mayor atracción por las bebidas endulzadas (Coldwell, Oswald y Reed, 2009). Pero también podemos encontrar las causas de esa preferencia en la historia del aprendizaje de la persona, lo implica que algunos sabores pueden gustarnos o no dependiendo de lo que haya ocurrido al consumirlo.

 

 

Podemos preferir sabores en relación a las contingencias que han ocurrido al tomar alimentos, incluso cuando estas aparecen horas después de haberlos tomado. Por ejemplo, cuando vomitamos y sentimos malestar después de haber consumido un alimento (incluso horas después), es habitual que acabemos rechazándolo. Esto ocurre tanto cuando la culpa del malestar ha sido el propio alimento (que estuviera en mal estado o que no lo toleremos bien) como cuando sufrimos una enfermedad que nos provoca esas consecuencias y que nada tiene que ver con el alimento que hemos consumido (Garcia, Ervin y Koelling, 1966; Revusky y García,1970).

También ocurre los sabores que no nos provocan ni atracción ni aversión en un principio acaben resultándonos repugnantes cuando aparecen emparejados a otros que no nos gustan o que nos desagradadan. Por ejemplo, en un estudio desarrollado por Yeomans, Durlach y Tinley en 2005 se encontró que los bebedores de café (a los cuáles se supone que les gusta el café) informaron de un mayor agrado por los sabores emparejados con el gusto a café.

Igualmente, cuando dos sabores suelen aparecer juntos pero uno de ellos comienza a resultar aversivo, lo más probable es que el otro también nos acabe desagradando. Podría hipotetizar en qué medida el que mis padres picaran el hígado en el puré tuvo relación con mi rechazo general por el puré cuando era niño. A mi padre nunca le ha gustado el puré, pero por razones muy distintas. Dice que le recuerda a los hospitales, que le provocan mucho rechazo. Habría que ver qué relación tiene esto último con tener como pareja a una auxiliar de enfermería y a un hijo enfermero, pero no nos vayamos del tema.

Las posibilidades no se agotan aquí, ya que podemos suponer que si asociamos un determinado sabor a otras consecuencias agradables (por ejemplo, una animada velada entre amigos), acabaremos desarrollando una preferencia por ese tipo de sabores. Dicho de otra manera: nos gustarán más. Sospecho que puede llegar a ocurrir que un sabor que antes nos parecía repulsivo ahora nos guste si se dan esas condiciones. He buscado estudios de este tipo, pero aún no los he encontrado.

 

 

¿Para que nos puede servir esto? En principio, para entender las variadas razones que explican por qué nos gusta o no un alimento, pero también por las consecuencias de esto. Si el agrado o desagrado por un determinado sabor es probable que se deba al aprendizaje, eso significa que también es posible cambiarlo. ¿Cómo podríamos hacerlo?

Cualquier propuesta para abordar este asunto con un/a niño/a concreto requiere realizar un análisis funcional de su conducta. Sin ese análisis, una medida podría fallar y no sabríamos por qué. De cualquier manera, y en líneas generales, yo utilizaría algunas de las siguientes:

  1. Preparar el alimento de forma que su sabor sea lo más parecido posible a uno que tu hijo/a elija normalmente. Conozco a personas que empezaron a comer pescado o ensalada cuando se la presentaron de forma que su sabor quedaba enmascarado por otro más agradable.
  1. Relacionar la preparación y el consumo de ese alimento con consecuencias agradables. Por ejemplo, haciendo que tu hijo/a participe en su preparación en forma de juego (el tipo y nivel del juego dependerá de la edad de niño/a). Es importante que el juego resulte motivador para el menor.
  1. Relacionar el consumo del alimento con el consumo de otro que resulte agradable o con un contexto que agrade al niño/a. Por ejemplo, estableciendo un menú semanal en el que el alimento que no le gusta va seguido de un postre que sí le gusta pero que sólo podrá conseguir si se come una parte del alimento. Progresivamente vamos aumentando la cantidad necesaria del primero para poder acceder al segundo.
  1. Una posibilidad difícilmente aplicable a niños/as (pero sí a uno mismo) es comer repetidamente el alimento para que el rechazo se vaya progresivamente extinguiendo (Leung et al., 2007). Cuanto más veces comemos el alimento que no nos gusta, menos desagradable nos resulta. Resulta difícil que el niño o niña elija comer un alimento que no le gusta para que deje de desagradarle con el tiempo, pero nosotros sí podemos hacerlo.

Algunas de estas prácticas las he probado conmigo mismo con éxito (con el tiempo me ha empezado a gustar el sabor al jengibre que se toma entre pieza y pieza de sushi que antes me desagradaba mucho, y hoy en día tolero el olor a hígado cuando se está asando). Si las utilizan con sus hijos/as o con ustedes mismos/as, cuéntenme qué tal les ha ido.

 

BIBLIOGRAFÍA:

Coldwell, S.E., Oswald, T.K. & Reed, D. R. (2009). A marker of growth differs between adolescents with high vs. low sugar preference. Physiology & Behavior, 96, 4-5, 574–580.

García, J., & Koelling, R. A. (1966). Relation of cue to consequence in avoidance learning. Psychonomic Science, 4, 123–124.

Krieckhaus, E. E., & Wolf, G. (1968). Acquisition of sodium by rats: Interaction of innate and latent learning. Journal of Comparative and Physiological Psychology, 65, 197–201.

Leung, H. T., Bailey, G. K., Laurent, V., Westbrook, R. F. (2007). Rapid reacquisition of fear to a completely extinguished context is replaced by transient impairment with additional extinction training. Journal of Experimental Psychology: Animal Behavior Processes, 33, 299–313.

Revusky, S. H., & Garcia, J. (1970). Learned associations over long delays. In G. H. Bower & J. T. Spence (Eds.), The psychology of learning and motivation (Vol. 4). New York: Academic Press.

Yeomans, M. R., Durlach, P. J., & Tinley, E. M. (2005). Flavour liking and preference conditioned by caffeine in humans. Quartely Journal of Experimental Psychology, 58B, 47–58.

Tener una buena razón para levantarte cada mañana

Acabo de enterarme de que un amigo ha sufrido un derrame cerebral y se encuentra en la UCI con poca probabilidad de sobrevivir. Es una persona encantadora y generosa como pocas, alguien que ha sufrido mucho a lo largo de su vida y que en los últimos años se ha introducido en el mundo del running entrenando duramente y participando con frecuencia en carreras de todo tipo, desde los llamados cross a las pruebas de montaña, las trail.

Hace tiempo que algunas personas que le conocemos venimos preocupados por la forma tan intensa en la que se ha puesto a correr, sobre todo porque ya viene circundando los cincuenta. Demasiado estrés para un cuerpo que perdió muchos kilos en pocos meses y que no ha dejado de perder peso hasta ahora. Daba por sentado que existe relación entre el ejercicio físico intenso y el riesgo vascular, pero no me había parado a comprobar si había estudios al respecto.

Parece ser que algunos estudios han encontrado que los beneficios del ejercicio físico intenso dibuja una “J”, es decir, que un ejercicio moderado mejora la salud vascular, pero a medida que se intensifica lo vuelve a aumentar hasta niveles preocupantes en personas con enfermedad cardíaca existente. Hasta donde yo puedo saber, mi amigo no tiene ninguna enfermedad cardiaca, aunque sospecho que debe padecer de hipertensión.

También se ha encontrado que las personas que han realizado un ejercicio físico intenso durante más de 5 horas a la semana durante varios años eran un 19% más propensos a desarrollar una fibrilación auricular a los 60 años que los que practicaban ejercicio menos de una hora a la semana. Hay más estudios que encuentran relaciones de este tipo, como este en relación a los aneurismas y este a la función endotelial.

Mientras escribo esto no estoy pensando en defender el sedentarismo ni centrarme en alertar de los peligros de pasarse con el ejercicio físico. Existen peligros mucho mayores en conductas como fumar y montar en moto, y no por eso hay que demonizar ninguna de ellas, aunque sólo sea para no generar rechazo en quienes las realizan. En lo que pienso es en mi amigo, en su vida, en cómo en una etapa estuvimos enfrascados en luchas por la justicia, comprometidos y en conflicto hasta con nuestras respectivas familias. Pienso en cómo vive sus aficiones de una forma intensa, quizá demasiado, y cómo nos responde en ocasiones cuando le comentamos que quizá está siendo un poco excesivo: “Cuando estoy corriendo, tengo la mente ocupada. Me ayuda a no pensar en los problemas”.

 

running

 

Mi amigo corre para no pensar en los problemas y probablemente esto le ha permitido sobrellevar su vida, en la que ha sufrido enormemente durante años. Su forma de encontrar un sentido ha sido la de entregarse a las causas con generosidad, siempre abierto a los demás y siempre dispuesto para ayudar en lo que haga falta. Una persona capaz de reconocer los actos honorables de otras personas y dispuesta para estar a la altura como una especie de obligación moral: si alguien ha hecho algo digno de mérito, se le admira y se le responde con el mismo grado de compromiso. Así ha sido siempre.

Ahora está en la UCI y comentan los más cercanos que los médicos hablan de “muerte cerebral”. Esperarán unos días para ver qué pasa y si sigue igual plantearán desconectarlo. Yo estoy en casa escribiendo esto de madrugada y no puedo dejar de pensar si ha valido la pena el dedicarse de la forma en que lo ha hecho a correr a niveles que pueden suponer un riesgo. Aunque pueda parecerlo, la respuesta no es fácil.

Todas las personas necesitamos al menos una buena razón para levantarnos cada la mañana. Puede ser un trabajo, los/as hijos/as, llegar a la tarde para ver una película o tomar algo con los amigos, leer, ir a clases de algo como fin en sí mismo o como medio de aprender algo útil para la vida que queremos llevar. La vida es principalmente eso, un constante discurrir del tiempo en el que vamos haciendo cosas que nos distraen de la muerte, tanto la física como la que supone de alguna manera el no tener nada por lo que seguir viviendo. Puede ser enormemente gratificante, pero no por ello deja de ser así.

Algunas nos aportan beneficios más o menos inmediatos y otras nos ofrecen premios en diferido. Pero también es habitual que hagamos cosas que ofrecen al mismo tiempo beneficios inmediatos y costes diferidos en el tiempo o que estimamos poco probables. Ocurre cada día cuando cruzamos un paso de peatones en rojo, elegimos el bollo con mayor cantidad de azúcar una y otra vez y dedicamos demasiado tiempo a escribir artículos en lugar de ir sacando trabajo pendiente de la consulta. Quizá no se trate tanto de hacer siempre lo que nos mejora la salud, lo más productivo y lo más conveniente desde un punto de vista racional sino de que lo que hagamos sea aquello que tenga un significado para nosotros. Si mi amigo no se hubiera dedicado a correr, es posible que el riesgo de quitarse la vida habría estado presente, y quién sabe lo que habría ocurrido.

Pero no me resigno a pensar que está bien así y que no había alternativa. Me temo que mi amigo podía elegir correr pero hasta donde yo sé, nunca eligió (por no saber de sus beneficios, por prejuicios, por miedo, por motivos económicos) acceder a alguien con quien aprender a dirigir su vida hacia conductas significativas que le permitieran vivir satisfactoriamente sin ponerla en peligro. Esto es desde mi punto de vista lo que hacemos en una terapia psicológica. No puedo evitar pensar que si hubiera acudido a un profesional de la psicología, es posible que ahora no estuviera al borde de la muerte en la cama de un hospital. Pero a uno de los de verdad, no de esos que andan por ahí con título o sin él que no saben aplicar sino procedimientos carentes de las mínimas nociones científicas sobre el comportamiento humano.

Me apena mucho pensar en todo esto. Quizá yo esté equivocado y el ejercicio físico no ha tenido nada que ver con el derrame cerebral, pero esta es la parte menos importante. Lo que realmente me da vueltas es cómo esta maravillosa persona ha vivido gran parte de su tiempo haciendo cosas en las que creía y que también, de una forma o de otra, hacían que su vida fuera un poco menos desgraciada. Todos hacemos lo mismo en algún grado, y por eso no podemos cometer la hipocresía de juzgar la forma de vivir de nadie, ni siquiera cuando consideramos que está profundamente equivocado. La única excepción que se me ocurre es que alguien dañe a otras personas de forma prevenible. No creo que tampoco sirva para nada hacer un juicio moral en ese caso, pero sobre todo, no es el caso que nos ocupa.

Seguimos esperando el milagro. Ocurra lo que ocurra, gracias por tu generosidad.

 

PD: Son las 11:25 de la mañana y acabo de enterarme de que Miguel ha fallecido. Qué mierda.

Defensa de la ciencia

 

Hoy me he levantado con las musas animadas y he escrito una adaptación del poema “Defensa de la alegría” a la que llevaba tiempo dando vueltas. No suelo publicar estas cosas en el blog y tampoco encuentro una buena razón para no hacerlo. Espero que les guste.

 

DEFENSA DE LA CIENCIA

Defender la ciencia como una trinchera
defenderla del escándalo y el silencio
de la autoridad y las autoridades
de las verdades transitorias
y las definitivas

 

defender la ciencia como un principio
defenderla del dogma y las pesadillas
de los crédulos y de los conspiradores
de las noticias del día
y los zafios expertos

 

defender la ciencia como un viento
defenderla de la publicidad y los propagandistas
de los métodos y de los escépticos
de la retórica y las tendencias
de la teología y la teleología

 

defender la ciencia com una actitud
defenderla de las urgencias y de las apariencias
de los ‘haters’ y los ‘fanboys’
de la locura y de la cordura
de la obligación de parecer científicos

 

defender la ciencia como una duda
defenderla de la austeridad y las promesas
de los investigadores y los profetas
del comercio y del oportunismo
de los proxenetas de la publicación

 

defender la ciencia como un derecho
defenderla de dios y del pesimismo
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las universidades
de la fe
y también de la ciencia

 

No estamos locos

El pasado fin de semana se celebró el #Naukas15, el mayor evento de divulgación del año, donde se reunió a más de 70 divulgadores/as de disciplinas muy diferentes. Esta es la primera edición en la que participo y quise aprovecharla para hablar de un tema que me preocupa desde hace años por sus implicaciones para la salud y la lucha contra el sufrimiento de las personas: la consideración de los problemas psicológicos como trastornos mentales o enfermedades.

Las charlas tienen una duración máxima de 10 minutos bajo amenaza de ser expulsado del escenario por el gran (en todos los sentidos) Fernando de la Cuadra como ocurrió en ocasiones, así que hay que ir rápido y al grano. Este es el resultado.

 

Aunque el título de la charla es “No estamos locos”, al final es posible que sí estemos todos un poco locos y locas, y que por eso tengamos que defendernos de los que quieren etiquetar nuestra sana locura como enfermedad.

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